Desidia y dolor, otra vez

Desidia y dolor, otra vez

Las normas existen, llevarlas del papel a la realidad es una tarea en que las instituciones fallan.

26 de junio 2017 , 11:29 p.m.

Recientemente comentábamos aquí lo perjudicial que puede ser para cualquier sociedad la informalidad, flagelo que se manifiesta de muy diversas maneras, tanto en los indicadores fundamentales de la economía como en la vida cotidiana de las personas. Ahora, con dolor, corresponde referirnos a lo segundo, luego de las dos tragedias ocurridas entre viernes y domingo: la explosión dentro de una mina de carbón en Cucunubá, Cundinamarca, que funcionaba sin los debidos permisos y cobró la vida de 13 personas, y el naufragio de una embarcación en la represa de Guatapé, Antioquia, que dejó –al escribirse estas líneas– siete víctimas mortales y 10 desaparecidos.

En ambos casos, la total ausencia de regulación para reducir el riesgo salta a la vista. Como es habitual, las normas existen, pero llevarlas del papel a la realidad es una tarea en la cual las instituciones fallan sistemáticamente.

Cuando se espera que la ocurrencia de una desgracia –recordemos una de las más recientes, el puente colgante que colapsó cerca de Villavicencio y las ocho personas que allí murieron– sirva para apretar la rienda en materia de controles, un nuevo episodio traumático evidencia todo lo que falta para derrotar esta mortal faceta de la informalidad.

En el caso de Guatapé hay preguntas que, no por obvias, no pueden dejar de hacerse: ¿cómo es que no se cumplía con la norma que obligaba a entregar un chaleco salvavidas a cada pasajero? ¿Cómo es que esta infracción sucedía de manera tan flagrante, sin que nadie actuara? ¿Cuál es la vida útil de un barco de estos? ¿En qué condiciones estaba? ¿Tiene revisiones periódicas? ¿Quién controla? La emoción de los paseos muchas veces lleva a la imprevisión, al exceso de confianza, pero autoridades y operadores deben tener unas responsabilidades rigurosas y asumirlas.

Duele lo que ha pasado en Antioquia y Cundinamarca, duele por esas veinte familias que perdieron a sus seres queridos, unos buscando descanso y esparcimiento; otros, su sustento. Dos actividades que se tiñen de luto: en ambas parecería que la fatalidad metió la mano, cuando en realidad estamos ante un cúmulo de fallas en las que la combinación de desidia y debilidad de las instituciones responsables de ejercer control es la mano maldita.

editorial@eltiempo.com.co

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