Decisión equivocada

Decisión equivocada

Politizar las crisis migratorias es una salida fácil que puede llevar al desastre.

01 de julio 2018 , 12:08 a.m.

A lo largo de los siglos, las migraciones han sido motor de desarrollo, crisol de culturas y formas de vida, sin igual sistema de transmisión de conocimientos y válvula de escape para los pueblos que por alguna razón –el hambre, la miseria, las guerras o las tiranías– se ven en la necesidad de abandonar su tierra para embarcarse en penosas y, a veces, afortunadas expediciones.

Miles de europeos que huían del hambre y las guerras vinieron a América en busca de un sueño, y potencias como Estados Unidos se levantaron ladrillo a ladrillo con el aporte de los inmigrantes que por millones llegaron a ofrecer su mano de obra y sapiencia. Miles de colombianos viajaron a Venezuela, Estados Unidos y España asustados por la violencia y la miseria, y ahora miles de venezolanos cruzan nuestro país, a veces para quedarse o apenas como etapa inicial en viajes más largos y distantes. Es una dinámica inevitable y provechosa si se mira desde cierta distancia histórica y más allá de las dificultades del corto plazo.

Los centroamericanos que intentan pasar hacia Estados Unidos; los rohinyás, que cruzan a Bangladés huyendo de la persecución en Birmania, o los subsaharianos, sirios, yemeníes y afganos que procuran llegar a las costas europeas son parte de esa misma circunstancia que mueve la historia, pero que hoy es vista como una especie de peste por las sociedades, aun con la certeza de que en algunos casos se necesita esa mano de obra debido al envejecimiento inevitable de la población y los normales ciclos demográficos.

En esa dinámica, en Bruselas acaba de terminar una cumbre grandilocuente y dramática, convocada supuestamente para fijar una política común frente al fenómeno migratorio, pero que en realidad buscaba salvarles el pellejo a algunos gobiernos que viven crisis internas y pueden ver en peligro sus coaliciones. En resumen, más que de crisis migratoria, de lo que se trataba era de una especie de histeria política impulsada por el ascenso en algunos países de partidos populistas de derecha que tienen en sus plataformas la xenofobia, el racismo y el rechazo a la inmigración. Y en otros, por presiones políticas de diversa índole.

Las cifras sustentan lo dicho. Las llegadas de migrantes y refugiados a través del mar Mediterráneo se desplomaron un 96 por ciento, pues pasaron de más de un millón de personas en el 2015 a menos de 50.000 en lo corrido del 2018, un número indicador de que la presión demográfica ha cedido, pero que no significa que no haya que prestar atención a quienes aún se arriesgan y vivieron un episodio dramático este mes, cuando a dos barcos de ONG que rescataron a migrantes no se les permitía el desembarco.

Europa y Estados Unidos, otrora faros de libertad y conquista de derechos, parecen haber olvidado que quienes hoy llegan a sus fronteras en busca de un mejor futuro no carecen de ellos

El acuerdo al que llegó el bloque es un pacto de mínimos que a ningún país preocupa porque las medidas son voluntarias y les sirven para darles contentillo retórico a sus bases, pero, en suma, cierra las puertas.

En el caso de EE. UU., nada más lejano de la realidad que la sensación vendida por Trump y su equipo de que el país está siendo inundado por inmigrantes. Cada vez son menos los mexicanos que cruzan, dadas las mejoras de la economía de su propio país, y un fenómeno similar están comenzando a observar los expertos en países del denominado Triángulo Norte Centroamericano, integrado por Guatemala, El Salvador y Honduras. Según ellos, El Salvador y Guatemala han superado ya el nivel de 8.000 dólares per cápita, que marca el momento en el cual un mayor PIB tiende a reducir la emigración. A lo que se suman una disminución de la natalidad y un envejecimiento poblacional que han atado a los jóvenes a su país. A Honduras aún le falta.

Por ello no se entiende esa inmoral política de ‘tolerancia cero’ que separó a más de 2.500 niños de sus familias y criminalizó la inmigración ilegal, y que al final se reversó en medio de la fenomenal indignación general, un pésimo precedente para el partido del elefante con miras a las legislativas de noviembre. Fue evidente que la Casa Blanca improvisó la política con el fin de presionar a los demócratas para aceptar financiar el muro en la frontera con México. Hoy no se sabe cómo hará la administración para volver a juntar a los niños con sus padres en un tiempo perentorio.

Estos no parecen ser los mejores tiempos para una mirada comprensiva del fenómeno migratorio. Europa y Estados Unidos, otrora faros de libertad y conquista de derechos, parecen haber olvidado que los inmigrantes no carecen de ellos y que la situación actual de los países de salida, en muchos casos, obedece a coyunturas históricas y coloniales innegables que sería deseable que recordaran los noveles dirigentes que sueñan con una Europa exclusivamente blanca, rica y cristiana. Politizar la crisis migratoria, en lugar de crear mejores condiciones en las naciones expulsoras de inmigrantes, parece la mejor receta para el desastre. Sobre esos principios y valores no se fundaron ni Europa ni Estados Unidos

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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