Calmantes mortales

Calmantes mortales

El consumo abusivo de derivados del opio es una epidemia creciente que no debe ser ignorada.

06 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Nada más peligroso que tomar medicamentos por cuenta propia y sin la rigurosa vigilancia del médico. No en vano, las complicaciones derivadas de los fármacos ya son la tercera causa de muerte en Estados Unidos. Pero al lado de esta situación hay una verdadera epidemia silenciosa que crece a pasos agigantados y amenaza con salirse de madre en el mundo entero: el consumo abusivo de analgésicos derivados del opio. El año pasado causó más muertes que las armas de fuego en el país del norte. Es, de hecho, la peor epidemia de esa nación en tiempos modernos.

El asunto es tan serio que la misma Agencia Federal para la Investigación y Calidad de la Salud documentó que entre el 2005 y el 2014 se duplicaron los pacientes que ingresaron a las salas de urgencias por síntomas de abuso de opioides: más de un millón de personas.

Sin embargo, estos datos parecen ser una mera muestra porque, según el Centro para el Control de Enfermedades (CDC), las muertes por esta causa sobrepasaron las 50.000 en el 2015 y bordearon las 60.000 el año pasado, con el agravante de que, en su mayoría, están relacionadas directamente con pastillas producidas en el laboratorio con fines terapéuticos. Sin ir más lejos, entre 1999 y el 2015, solo en Estados Unidos han perecido más de 560.000 personas por el abuso de estas sustancias, cifra escandalosa y apenas comparable con la de los decesos que ha dejado el sida.

Los 79 millones de recetas médicas de este tipo emitidas en Estados Unidos en 1991 se convirtieron en 260 millones en el 2012, además del aumento desbordado del tráfico ilícito y el contrabando

Esta amenaza no apareció de la noche a la mañana. Estuvo, sí, ligada a un paso que desde la comunidad médica se consideró trascendental a mediados de los 80, cuando se reconoció el dolor como otro más de los signos vitales y su tratamiento casi se elevó al nivel de un derecho humano. Lo paradójico es que esto, que le apuntaba a recuperar parte de la humanización en los consultorios para atenuar el sufrimiento, también hizo que florecieran conceptos de los cuales se colgaron los productores de analgésicos derivados del opio para multiplicar sus ventas, bajo la falsa premisa de que la adicción y la dependencia eran males menores frente a los beneficios que ofrecían.

La tormenta fue tan intensa que los 79 millones de recetas médicas de este tipo emitidas en Estados Unidos en 1991 se convirtieron en 260 millones en el 2012, además del aumento desbordado del tráfico ilícito y el contrabando. Y en ese contexto, Colombia no ha sido la excepción. Si bien hay que reconocer que algunas organizaciones científicas lograron, con soportes académicos rigurosos, aumentar la disponibilidad y atenuar las barreras que impedían que estos medicamentos llegaran a quienes sí los necesitaban, también es justo decir que muchos médicos sin el entrenamiento necesario, pero amparados en las indicaciones otorgadas por la industria, empezaron a recomendarlos a granel para patologías comunes.

Por supuesto que los desenlaces no pueden ser distintos a los de otras latitudes, pues ya se ven muchos pacientes dependientes de sus prescripciones, el aumento del uso recreativo de estas sustancias, el riesgo latente de muerte y una epidemia que crece ante el silencio de las autoridades y la indiferencia de los médicos.

Ojalá cuando despierten no sea demasiado tarde.

- editorial@eltiempo.com

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