Editorial: Armas no tan blancas

Editorial: Armas no tan blancas

Las impresionantes cifras de muertes con armas cortopunzantes exigen controles urgentes.

01 de noviembre 2016 , 07:42 p.m.

En lo que va corrido del año se han cometido en el país 2.331 asesinatos con objetos cortopunzantes, que a su vez han dejado 13.041 heridos. Suena increíble. Y cuesta creer que, pese al enorme daño que se hace con ellos, hoy en día toda persona que es sorprendida portando uno solo recibe una simple anotación y el decomiso del elemento. Ese trato cobija incluso a individuos con antecedentes penales graves.

Para la muestra está que en apenas diez meses, en todo el país las autoridades han decomisado 1’031.259 armas blancas. De ese total, 278.427 fueron recuperadas en Bogotá. Aun así, prácticamente todos sus portadores volvieron a la calle el mismo día de la captura. No ocurre lo mismo con aquellos que son detenidos portando pistolas o revólveres, pues se exponen a ser judicializados cuando carecen del debido salvoconducto. Este porte ilegal sí está penalizado, lo cual disuade, hasta cierto punto, a los criminales. Por esa razón, muchos se declaran a favor de que la tenencia de puñales y cuchillos se tipifique como un delito.

El nuevo Código de Policía, que entrará en vigencia el primero de enero, tampoco aportaría soluciones de fondo al problema, toda vez que considera el porte de estos elementos un “comportamiento contrario a la convivencia”, que podrá ser sancionado con una multa de 95.000 pesos y la asistencia obligatoria a un curso pedagógico.

El director de Seguridad Ciudadana de la Policía, general Jorge Rodríguez Peralta, piensa que esto podría ayudar a mitigar un poco el fenómeno, pero se declara partidario de aplicar sanciones, incluso penales, en algunos casos de porte. Pide tener en cuenta el contexto en el que el arma se halle, como su tenencia en un sitio público o en un lugar de diversión, en donde no debería caber la justificación de que un puñal es una herramienta de trabajo y su tenencia lleva implícita la intención de hacer daño. La magnitud del problema obliga a no echar en saco roto esta propuesta.

Para completar el preocupante cuadro, los ciudadanos a menudo echan mano de estos elementos cuando se enfrascan en discusiones y riñas, incluso en el contexto familiar. De acuerdo con datos de la Fiscalía y la Policía, el móvil principal de los crímenes cometidos con arma blanca en Colombia es la intolerancia, en muchas ocasiones con el ingrediente del licor. Siete de cada diez muertes con cuchillo se producen, según dichas estadísticas, en este contexto, sin desconocer que la delincuencia común también pesa en este tipo de violencia.

Estas conductas solo pueden modularse a partir del esfuerzo consciente y colectivo de la ciudadanía, puesto que a tolerar, a respetar y a resolver pacíficamente un conflicto se aprende en casas, colegios y vecindarios. A las autoridades de todo orden les asiste, por su parte, la obligatoriedad de propiciar condiciones para que esto se dé. En ese orden de ideas, el control del porte irracional de estas armas es apenas un punto en esta ineludible tarea. Pero hay que actuar. En un país donde se delinque y se resuelven riñas a punta de cuchillo, es incomprensible que se carezca de mecanismos efectivos para controlar el porte de armas blancas.

editorial@eltiempo.com

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