Dictadura

Dictadura

No hay discusión cuando el argumento es la violencia: la violencia no es la corrección sino el error

04 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

El dictador Nicolás Maduro da risa pero no es chistoso: parece una broma tropical cuando le grita al presidente colombiano “mister vasallo John Manny Santos: in Venezuela the constituyen gu gu gu”, pero no es un bigotón campechano que no quiere saber inglés porque ni él ni su pueblo se les deben a potencias extranjeras, sino un tipo arrinconado, poseído por su propia ferocidad y enardecido por haber sido subestimado hasta por el chavismo, y que está cumpliendo cuatro años de haber empujado a su país por el despeñadero del despotismo. 

Gente pacífica, que oigo con cuidado, me ha estado pidiendo que vea “el otro lado de la moneda”, que no caiga en la trampa de creerme el relato amañado de los medios, pero cada vez me parece más obvio que conocer la versión de Maduro es conocer la versión escalofriante de la dictadura.

Cómo hacen estos ciudadanos tan serios –los mismos que en octubre insistían en que el mundo iba a ser un pulso más claro, o sea mejor, si el salvaje de Trump le ganaba las elecciones a “la torcida de Clinton”– para ponerse del lado de la tiranía bolivariana. ¿Es que la ideología, cegadora e inapelable, hizo parte de su educación sentimental del siglo XX? ¿Es que siguen pensando, nostálgicos, quizás, de la Guerra Fría, que frente al imperialismo yanqui y las élites conspiradoras solo queda la violencia? ¿Es que no ven que la lógica de “pero ellos empezaron”, “pero ellos son peores”, que tiene tanto que ver con el miedo, es la lógica que va a dar al asesinato de los líderes sociales o convence de poner una bomba en el baño de un centro comercial un sábado en la tarde? ¿Es que simplemente no quieren saber?

Que Venezuela siga su lucha sin que intervenga, como jugando el juego de Maduro, el gobierno caótico de Trump, pero que sea claro que sufre una dictadura

Cómo cuenta una cabeza ideológica la balada del tirano. Por qué Maduro violenta a una oposición –mejor o peor: qué importa– que en los últimos ocho años ha crecido tanto que se ha ganado a votos la rama legislativa; por qué desaprovechó su pobrísima victoria en las elecciones de 2013 para dejar de ver a la mitad de su pueblo como su enemigo; por qué se ha vuelto ese heredero inescrupuloso del autoritarismo de Chávez que empezó por el propio chavismo a perseguir a sus críticos; por qué se siente hostigado por todos desde Paraguay hasta la Unión Europea; por qué se comparó con el dictador turco con las palabras “Erdogan se va a quedar como un niño de pecho para lo que va a hacer la revolución bolivariana si la derecha pasa la frontera del golpismo”; por qué le dijo “estúpido: tienes tu celda lista” al opositor Guevara: ¿porque le tocó?

Qué puede decirse, desde el punto de vista bolivariano –que bolivariano es sinónimo de mesiánico–, sobre los presos políticos que sacaron de sus casas en la madrugada, sobre los 121 muertos en las protestas de estas semanas, sobre los guardias que revisan los chats en los celulares de los jóvenes a ver de qué lado están, sobre el millón de votos de más que denunció la empresa que llevó a cabo el conteo en la elección de la constituyente: ¿que no había más que hacer?, ¿que la oligarquía es peor?, ¿que hay una barbarie que no lo es tanto?

No hay justificación posible en este caso. No hay discusión cuando el argumento es la violencia: la violencia no es la corrección sino el error. Venezuela no es culpa de “la derecha” ni de “la izquierda”, que ambas caben en una democracia, sino del populismo que no es capaz de montar una nación –acaso un culto a una estafa– porque el populismo es el desprecio del pueblo y es su toma del poder lo que hay que desafiar. Que Venezuela siga su lucha sin que intervenga, como jugando el juego de Maduro, el gobierno caótico de Trump, pero que sea claro que sufre una dictadura. Y que viva mientras tanto el artículo 197 de nuestra Constitución porque prohíbe la reelección.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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