-A Justicia Social -le dijo Gerda, mi guía, al taxista en Santiago de Chile.
-¿Y eso existe? -preguntó él, con una sonrisa irónica.
No podía ser más alegórico el nombre de la calle, "Justicia Social", en donde está situado el liceo femenino Juanita Fernández Solar. Fui como conferencista al Congreso Internacional de Lectura en la Infancia, pero la lección me la dio ese país gobernado por una pediatra que considera a la primera infancia como prioridad política. Ojo: hablamos de política en sentido real y, por supuesto, hablamos también de dinero. Más allá de las declaraciones, la atención a la infancia en Chile ha aumentado casi en un 500 por ciento. Para darles una idea, en zonas donde antes había dos guarderías, ahora hay 35.
-Este país ya no es el mismo -me contó Gerda, la educadora de la Junta Nacional de Jardines Infantiles, que se siente tan respaldada por la presidenta Bachelet, como seguramente se siente un militar colombiano con Uribe. Llegamos a un colegio moderno, pero, en vez de ir a la rectoría o a los salones, abrimos la puerta de la salacuna. ¿Un parvulario en un liceo? Sorpréndanse: no es para hijos de profesores, sino para los bebés de las alumnas.
El revuelo que se armó en Colombia por la orden de informar a los estudiantes sobre la despenalización del aborto en los tres casos contemplados por la ley me hizo interesar por esa iniciativa, no exenta de polémica, de crear guarderías escolares para evitar que madres adolescentes de sectores marginados abandonaran sus estudios. "Pónganles también moteles", exclamaron las buenas conciencias, pero la idea surgió de una realidad innegable. "La sociedad tiene un doble discurso: censura el aborto, pero no da opciones; por eso queremos que estas niñas sientan que no lo han perdido todo y que les ayudamos a afrontar una maternidad responsable", me contó Tamara, la directora de la salacuna.
Nadie le enseñó a trabajar con familias adolescentes ni a negociar con los profesores los tiempos de lactancia, para que dejen salir de clase a las niñas. Tampoco imaginó que debía crear un reglamento que obliga a tener un buen desempeño académico, sin descuidar a los hijos. "Las reuniones de padres comienzan preguntando cómo les fue en los exámenes y a veces debo sacar del salón a una niña porque su bebé está enfermo". En vez de delegar la maternidad en sus madres, como se acostumbra en estos sectores, la directora acompaña a las niñas, casi siempre solas, o con parejas adolescentes, a cuidar y amar a sus bebés. Con una mezcla de ternura, dolor y esperanza, pero sin falsa indulgencia, me contó lo que ha aprendido de esas niñitas. "Se necesita coraje para afrontar la maternidad temprana y por eso merecen el apoyo que muchas veces hasta sus familias les niegan".
Desde la salacuna se ve el patio de recreo. Unas niñas están en educación física y otras conversan en corrillos, como en cualquier colegio. La vida, tan distinta en ese lado, les cambia a veinte de ellas, cuando cruzan la puerta para asumir esa otra vida que se les adelantó. La investigación apenas comienza en los pocos liceos donde se han creado parvularios, pero las cifras indican que el embarazo ha disminuido y que esas madres adolescentes que asumen a sus bebés no reinciden. Trasnochar y mezclar tareas de crianza con tareas de matemáticas las ayuda a ellas y a todos sus compañeros a cobrar conciencia sobre la responsabilidad que entrañan los hijos.
Obviamente, la iniciativa se combina con proyectos que promueven una sexualidad responsable y el gobierno tiene claro que es mejor prevenir que curar. Pero, como dijo Tamara, "en vez de preocuparnos, debemos ocuparnos". En vísperas del foro mundial sobre infancia que se celebra en Cali esta semana, la experiencia chilena tiene mucho que enseñarnos. Una política integral de atención a la infancia necesariamente se relaciona con políticas de educación sexual. Además de la retórica, ¿cuáles son las propuestas de Colombia?
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