Yo también

Yo también

Decir #YoTambién ha permitido a las mujeres etiquetar eso que ya sabíamos que no había estado bien.

23 de octubre 2017 , 02:10 a.m.

En el hotel donde me alojo, en una mesa demasiado próxima a la mía, desayuna una pareja. O, para ser más exactos –eso lo deduzco por mi interés incorregible en las vidas ajenas–, un hombre y una mujer que a duras penas se conocen. Ella tiene el pelo mojado y la tarjeta de la habitación. Él está absorto en la pantalla de su teléfono y ni la mira, aunque todo haga pensar que han pasado la noche juntos.

Ella tiene interés en agradarle: intenta conversar sobre esas pequeñas cosas cotidianas que podría compartir cualquier pareja recién salida del cuarto del hotel para desayunar, pero él no le contesta, como si sus palabras no importaran. Es un silencio que hace ruido. Ella le pregunta cómo está su memoria de corto plazo –es rara esa expresión– y nuevamente él no contesta. Entonces, ella menciona el día de su cumpleaños: “ese día, cuando acordamos la cita, era mi cumpleaños”, algo así dice, pero tampoco hay respuesta y el silencio se vuelve doloroso.

Los veo salir del restaurante: él va diez pasos adelante y ella lo sigue, y hay algo en la ropa y en la forma de caminar que marca un contraste entre arrogancia y servilismo (o casi esclavitud). Pienso en el mensaje #MeToo (#YoTtambién), que convirtió en fenómeno viral la invitación hecha por la actriz Alyssa Milano a todas las mujeres víctimas de acoso sexual para etiquetarlo en las redes sociales, y me parece que la clave del éxito de su propuesta fue haber hecho conciencia de ese antiguo saber que tenemos las mujeres para leer la diferencia entre una relación sexual de dos que se reconocen como iguales y otra, “montada” sobre la vulnerabilidad. Eso es lo que hace una etiqueta: dar nombre para identificar lo que está ahí, lo que se sabe.

Los casos leídos estas semanas tipifican un comportamiento masculino, no generalizado, pero tampoco en vías de extinción

Por supuesto, hay transacciones sexuales más evidentes que otras, y la escena que describí, bastante habitual en los hoteles, ha trasladado la explotación sexual a escenarios más “elegantes” que los antiguos moteles o burdeles. Es un secreto a voces que ciertos planes turísticos empacan trópico, droga y mujeres, como si fueran tres mercancías que salen más baratas en paquete, y que de esos negocios tampoco suele hablarse.

Sin embargo, más allá de esos casos fáciles de identificar, la invitación a decir #YoTambién ha permitido a las mujeres etiquetar eso que ya sabíamos que no había estado bien, para admitir que alguna vez, y casi siempre más de una, hemos estado en una posición de vulnerabilidad, aprovechada por un hombre para tener un acercamiento sexual inadecuado.

Como si se hubiera abierto una válvula, la etiqueta ha suscitado una especie de desbordamiento, y también una catarsis, y todas las mujeres han –hemos– empezado a declarar que sí, que alguna vez: que muchas veces. Varias generaciones de abuelas, madres e hijas ratificamos que alguna vez un hombre usó su poder –físico, político, económico– para obligarnos a tener encuentros sexuales no deseados, de formas que van desde lo más sutil hasta lo más explícito, y que eso nos pareció humillante y doloroso. Y como si al contar se hubiera rasgado esa culpa silenciosa, en diversos lugares del planeta han bastado un numeral y un par de palabras para sentir que no fuimos “la única”.

Los casos leídos durante estas semanas tipifican un comportamiento masculino, no generalizado por supuesto, pero tampoco en vías de extinción, que, desgraciadamente, se manifiesta en formas típicas de abuso desde la infancia y la adolescencia y que continúa durante la adultez en ámbitos domésticos, educativos, médicos y profesionales. Ahora que hemos ratificado el poder de las palabras para etiquetar y compartir lo que siempre supimos, tenemos que ver qué haremos, hombres y mujeres, para cambiar, más allá de lo virtual, esta tozuda realidad.

YOLANDA REYES

Columnistas

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