¿Por qué nos cuesta creerle?

¿Por qué nos cuesta creerle?

Su empeño por hacernos creer que ya hemos superado el pasado produce esa escisión.

19 de junio 2017 , 03:15 a.m.

La semana pasada oí completo, sin cambiar de canal ni levantarme de mi puesto, un discurso del Presidente. Se dirigía, en parte, a los beneficiarios de los créditos para estudios en el exterior de Colfuturo y, también en gran parte, a los llamados ‘cacaos’ de la política y de las finanzas, que estaban sentados en esos puestos delanteros que suelen tener el típico cartel con la palabra ‘reservado’.

Como lo requerían las circunstancias, el tema de todos los discursos fue la educación o, más bien, ese lugar común de cuatro frases hechas que se ha puesto de moda en el país para hablar del sueño –también otro cliché– de ser la “más educada” y reducir semejante aspiración a sacar mejor nota que los vecinos en exámenes finales. Santos habló de la inversión educativa que ha hecho su gobierno y mencionó algunas acciones, casi todas en futuro ¡todavía!, sobre las aulas que construirá, las jornadas únicas que implementará y las mejoras que nos ubicarán en un lugar más destacado.

Aunque ese 14 de junio no se había terminado el paro de maestros, me impresionó que Santos no mencionara el “pequeño detalle” de haber completado más de un mes con los colegios públicos cerrados, los estudiantes en sus casas y los docentes en la calle. Me impresionó también que, en una ceremonia educativa, todas las personas de la mesa principal hubieran dado discursos para exponer, mal que bien, sus ideas sobre educación, exceptuando a la ministra del ramo, que estaba como convidada de piedra. Una ministra sin discurso y unos empresarios hablando de posgrados en el exterior: ahí había un currículo oculto de ‘Colombia, la más educada’.

Como era pertinente en ese ámbito, el Presidente habló de paz. Mencionó los miles de jóvenes que perdió Colombia en tantas décadas de guerra y contrastó la cifra con la de los que se están salvando gracias al acuerdo con las Farc. Aunque era un argumento poderoso, me impresionó el poco entusiasmo que suscitó entre la audiencia, y me quedaron resonando unas preguntas: ¿por qué se siente tan poco convincente –valdría decir, inverosímil–, el discurso de Santos? ¿Por qué se percibe como atrapado en un entusiasmo obsesivo y solitario por convencer al país de acabar con una guerra que ya nadie ganó, si semejante cometido sería suficiente para convocar a la nación?

Se me ocurre que esa versión idealizada de un país y de un futuro expurgados de conflictos que se ha empeñado en ‘vendernos’ y que no encaja con la realidad cotidiana ha creado la sensación de un mandatario que habita en un país paralelo. La forma de etiquetar como “enemigos de la paz” o “pesimistas” a quienes hacen críticas –algunas más fundadas que otras, por supuesto– ha reforzado la idea de un pensamiento tan simplista como el de su feroz predecesor. Frente a esa Colombia toda negativa, él opone otra edulcorada y positiva, y así ha caído en la misma trampa que critica: la de la falta de complejidad que hay en una única versión.

En estos tiempos de transición, la desmedida confianza de Santos se siente esquemática y poco auténtica y, al eludir no solo la autocrítica sino la preocupación por los desafíos que afrontamos, nos hace sentir subestimados y engañados. Su empeño por hacernos creer que ya hemos superado el pasado, como si viniéramos de otro país o de la nada y no compartiéramos orígenes ni historia, produce esa escisión que deja sin piso su discurso.

Quizás si nos hablara del proceso largo que comienza después de firmados los acuerdos y reconociera en sus discursos que es propio del tiempo de posguerra sentirnos desgarrados e inseguros como sociedad, podría invitarnos a participar en un proceso colectivo que no es exclusivo de él ni de su obra de gobierno, sino que nos concierne a todos.

YOLANDA REYES

Columnistas

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