Hablar con los niños

Hablar con los niños

Cuidar implica tener claro que hablar con los niños es distinto a hablar delante de los niños.

19 de diciembre 2016 , 02:47 a.m.

“Tu cuerpo es solo tuyo y ningún adulto puede tocarte, y si alguien se te acerca de una forma inadecuada, me lo dices”, me contó un amigo que estuvo diciéndole a su hija de 8 años –sin saber bien cómo decir, con frases vacilantes–, después de la tragedia de Yuliana Samboní. Me describió la cara de perplejidad de su niña al escucharlo hablar con una voz distinta a la de las conversaciones cotidianas, y la sorpresa de él cuando ella le preguntó: “Pero, papá, ¿por qué me estás hablando así? ¿Es por la niña que mataron?”.

La hija le contó que el bus escolar se había tenido que desviar de la ruta habitual porque había una manifestación frente a la clínica y que la auxiliar estaba hablando por celular sobre las últimas noticias relacionadas con el caso. Por supuesto, ella estaba ahí, como los otros compañeros, toda oídos, escuchando. ¿Acaso, qué se supone que hacen los niños cuando los adultos nos enfrascamos en nuestras conversaciones, mientras ellos revolotean a nuestro alrededor? ¿Qué se supone que ven en los teléfonos y en las pantallas que conforman su paisaje, en igual o incluso mayor proporción a aquello que desfila por las ventanillas?

En este mundo sin fronteras entre la realidad ‘real’ y la virtual, no solo se han globalizado las relaciones políticas, sociales y económicas, sino también los ciclos de la vida. La línea divisoria que marcaba el límite entre infancia y adultez, y que mandaba a dormir a los niños cuando comenzaba la franja para adultos en la tele, se ha desdibujado. Es más: ese aparato que ocupaba un espacio tangible entre los electrodomésticos de la casa, que podía encenderse y apagarse en horarios definidos (y, por consiguiente, controlarse), está en vías de extinción. En medio de esa omnipresencia sin límites entre la información y el entretenimiento, los niños parecen estar quedándose sin infancia, al tiempo que los adultos están perdiendo la noción de su adultez. Ese es el marco mediático en el que suelen presentarse los contenidos sobre sexualidad, como productos de consumo, que ya no discriminan audiencias por edades.

Con sus aparatos inteligentes, que funcionan como talismanes o buscapersonas, para que sus padres los ‘capturen’ en fotos y videos, y puedan ubicarlos, y sepan si les funcionó la llave de la casa, si se lavaron los dientes o hicieron las tareas, los niños están solos y asisten a un espectáculo del mundo que antes estuvo censurado y reservado a los mayores. Muchas veces no hay quién les dé palabras para ayudarles a organizar o, al menos, a nombrar los acontecimientos, inexplicables y dolorosos, que desafían también nuestra capacidad adulta de entender.

Si bien la sexualidad parece haber dejado de ser un tabú para la infancia, en estas situaciones se está presentando únicamente como violencia o escándalo sexual. El fantasma del abuso, al que tanto tememos, especialmente cuando hay niños a nuestro alrededor, nos tiene en un estado permanente de amenaza y nos está impidiendo ver y presentarles a los niños la complejidad de esa dimensión de la vida emocional, relacional y cultural que atraviesa la vida de las personas de todas las edades desde la más temprana infancia, y que es fuente de permanente transformación y significación.

De ahí que esta charla de la niña con el padre, como tantas conversaciones cotidianas, alrededor de un libro o al preparar la cena, sea la mejor medida de protección. En ese intercambio de miradas y preguntas, a veces tan difíciles, que abordan un problema común se construye una confianza que nos permite pensar juntos. Más allá de la censura o de las verdades únicas, cuidar en estos tiempos implica tener claro que hablar con los niños es distinto a hablar delante de los niños.

YOLANDA REYES

Columnistas

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