El poder de las niñas

El poder de las niñas

¿Por qué esperar ochenta años para que haya equidad entre hombres y mujeres?

04 de diciembre 2017 , 12:28 a.m.

Son niñas de cuatro años que están en minoría en un salón en el que hay muchos más varones. Mi horario de trabajo incluye tiempo para leer cuentos, tomar cafecitos de mentira y charlar de lo que sucede cada día: un hermano que acaba de nacer, un ser querido que se ha muerto, una separación, algún secreto o el cumpleaños. A veces ellos me cuentan sus historias y otras veces yo les cuento. Y a veces, conversando, descubrimos cosas que no sabíamos que sabíamos.

Hace unas semanas, precisamente cuando escribía aquí sobre mujeres, las niñas del salón estaban molestas y asustadas porque los niños corrían sin parar y les dañaban lo que construían. Ellos estaban explorando una fuerza que los hacía recurrir al movimiento y ellas intentaban decirles palabras que ellos no escuchaban. Teníamos que ponerles más límites a los niños para que respetaran el espacio de sus compañeras y, simultáneamente, ‘empoderar’ a las niñas y reforzar su protagonismo para que se expresaran y pusieran sus límites. Esa palabra, ‘empoderar’, que desde hace unas décadas ha aparecido en nuestro léxico, se relaciona con el trabajo de hacer poderoso a un individuo o a un grupo social que, por alguna razón, está en una situación desventajosa.

Justamente en ese punto de inflexión, entre el goce por el movimiento de los niños y la preocupación de las niñas por su brusquedad, se necesitaba la intervención de alguien mayor –algo así como un representante del Estado–, con poder y perspectiva de conjunto. Por eso, cuando los varones pasaron corriendo y dañaron, sin ver, algún juego, los hice detenerse. “Las niñas les van a decir algo” –dije, y las alenté para que hablaran–. Ellas dijeron, primero con voz tenue, y luego, cuando se dieron cuenta de que yo estaba ahí garantizando que el mensaje fuera recibido, con voz fuerte, lo que necesitaban decir: No nos gusta que nos empujen. No vamos a dejar que nos dañen nuestros juegos. Incluso, unas pidieron que las incluyeran en el juego y todas en coro dijeron lo que iban a hacer la próxima vez que les dañaran algo.

Al principio de la charla, los varones se movían, como alistándose para volver a su carrera, casi sin registrar las palabras de las niñas. Sin embargo, cuando me vieron ahí, poniendo una mano sobre el hombro de una niña, diciéndole a otra que hablara más fuerte, pidiéndoles a todos que se detuvieran y conteniéndolos para que respiraran y se miraran a los ojos, los varones empezaron a escuchar de otra manera. Y al sentirse escuchadas, la voz de las niñas salió con toda su potencia, y los niños descubrieron, entre maravillados y asustados, una perspectiva y unos efectos de los que no habían sido conscientes.

Esto que sucedió en unos minutos, pero que hay que trabajar todos los días, ilustra el sentido de la llamada discriminación positiva. Es acusar recibo, desde un lugar de autoridad, de una carencia explícita o sutil que, al poner en palabras, se puede comenzar a resolver y que solo al ser reconocida se puede regular para buscar alternativas de solución.

No basta con leer cuentos en los que las heroínas remplazan a las princesas si no reconocemos la fuerza de las niñas y, simultáneamente, la necesidad de empoderarlas en ciertas situaciones en las que física o simbólicamente puedan sentirse en desventaja. Y eso significa también dejar de repetir que los varones son así: que se mueven y no saben escuchar, para proponerles que, si no saben, pues que aprendan.

¿Por qué esperar ochenta años, según dicen los informes mundiales, para que haya equidad entre hombres y mujeres? ¿Por qué no acelerar el proceso y empezar con gestos simples y ejemplos cotidianos en el jardín, en el colegio, en la casa, en el trabajo, en la política, en los medios?

YOLANDA REYES

Columnistas

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