Dejad que los niños...

Dejad que los niños...

La forma de utilizar a los niños parece ocultar nuestro miedo. 

11 de septiembre 2017 , 02:45 a.m.

‘Con sus trajes típicos, los niños le dieron la bienvenida al santo padre’, dice un pie de foto en este diario, y sale el Papa en el aeropuerto de Villavicencio saludando a un niño listo para bailar joropo. Las niñas de la comitiva van con moñas tirantes de laca y flores rojas en la cabeza, y con vestidos largos, también de flores. Me pregunto si los niños suizos recibirían hoy al Papa vestidos de tiroleses; los gringos, de Mickey Mouse o de vaqueritos, y si los niños españoles le bailarían una jota aragonesa o una sardana en sus aeropuertos.

Esa manía de disfrazar y de poner a bailar a los niños para entretener adultos ilustres no es privativa de la visita del Papa, sino una especie de práctica instalada en el ADN de este país. Si van la “primera dama”, el primer ministro, la reina de cualquier reino o el subsecretario de lo que sea a un albergue, a una escuela o a un lugar en donde haya niños bajo la tutela adulta, la reacción automática es darles la bienvenida con una cumbia, un mapalé o un joropo, “interpretados” por niños.

No importa si son de primera infancia, si hace calor o si las familias tienen dinero para comprar todos esos encajes que pican y todos esos afeites y todos esos vestidos que los inmovilizan. (Algo me dice que es al contrario.)

Tampoco importa que una niña quiera ir al baño, ¡con esos faldones almidonados encima!, o que un niño sea tímido o que alguien deteste bailar. Pero lo que menos importa es el significado que tenga “el acto” para los niños. Da igual que el ilustre visitante sea un cantante, un poeta, un papa o un físico nuclear, y lo mismo da si quiere o no hablar con los niños (o ellos con él). A veces se desperdician oportunidades maravillosas para charlar, simplemente. Y, mientras los niños exhiben sus bailes típicos delante de sus orgullosos maestros, queda flotando la sensación de una oportunidad perdida en ese encuentro que habría podido ser tan distinto.

Detrás de los pasos homogéneos del baile de un grupo de primera infancia o, incluso, detrás de una coreografía presentada por niños de 9 o 10 años hay muchas horas de adiestramiento (y de silenciamiento y de recorte de alas). Y conviene hacer esas cuentas porque se trata de horas irremediablemente perdidas para otras experiencias educativas, artísticas o culturales que tienen sentido en el aquí y el ahora de los niños.

¿No tendría más trascendencia, por tomar el ejemplo de la semana pasada, haber organizado un encuentro de los niños con el Papa en el que ellos hubieran hecho esas preguntas existenciales –sin libretos, sin cartas redactadas por adultos y, por supuesto, sin cámaras– sobre la vida y la muerte, sobre la paz, el amor y la religión y sobre tantas dudas y reflexiones que expresan los niños cuando los dejan hablar con personas dispuestas a tomarlos en serio?

Detrás de esos cuerpos infantiles disfrazados, exhibidos, maquillados, ensayados y uniformados, que han sido convertidos en ángeles blancos y estáticos, en personajes folclóricos o en destinatarios de favores electorales, se revelan las ideas de la infancia que, más allá de los discursos, se repiten en nuestra sociedad. La forma de utilizar a los niños, de proyectar en ellos nuestros estereotipos de exportación y de ignorar su libertad de movimiento, sus voces y sus tiempos de atención, tan distintos a los nuestros, parece ocultar nuestro miedo. ¿Miedo a su libertad y a su adultez que, a diferencia de la nuestra, aún no ha sido inventada?

Ese adultocentrismo (y ese populismo) que nos impide interesarnos genuinamente por los niños nos delata. Basta con mirar las imágenes de la semana pasada para constatar que hablamos mucho de ellos, pero que nos falta hablar con ellos. Y son cosas muy distintas.

YOLANDA REYES

Columnistas

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