Un país de colados

Un país de colados

En Colombia los colados son tan auténticos o típicos como la agüepanela o las arepas.

13 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

No me sorprende ni poquito que en el proceso de las Farc haya una buena cantidad de colados, pese a los controles impuestos tanto por el Gobierno como por la guerrilla y los observadores de Naciones Unidas para evitar que esto sucediera.

Es más: me parece que nos habíamos demorado demasiado para darnos cuenta de esas irregularidades, pero por fortuna fueron detectadas a tiempo y lo deseable es que las autoridades se pongan las pilas para minimizar el daño que este nuevo incidente –otro más– pueda ocasionarle al proceso en este difícil camino de consolidación del posconflicto.

Como es obvio, los detractores de siempre van a tomar esta nueva denuncia como otra justificación para volver trizas los acuerdos, olvidando por conveniencia que en Colombia los colados son tan auténticos como la agüepanela o las arepas. Los encontramos en las filas del supermercado, del cine, de los conciertos, de la iglesia, de los puestos de votación, de las salas de urgencias, de los paraderos de buses, etcétera... No hay medidas de seguridad, ni policías que cuiden las entradas, ni exigencia de boletas VIP ni manillas de control que valgan; siempre hay colados.

Ojalá que las autoridades se pongan las pilas para minimizar el daño que este nuevo incidente pueda ocasionarle al proceso

Y, como a todos nos consta, la cosa no se queda ahí. Según informaba este periódico en una nota del pasado mes de abril sobre TransMilenio, “aunque no hay datos exactos sobre la cantidad de gente que ingresa sin pagar, expertos en movilidad estiman que puede ser entre el 10 y el 15 por ciento de los 2’500.000 usuarios que mueve el sistema a diario”. Algo así como treinta mil avivatos que cada día le hacen trampa al servicio, muchos de ellos poniendo en riesgo su propia integridad. La semana pasada, El Espectador –citando datos oficiales– informaba que “en lo corrido del año, cinco personas han muerto y otras 31 han resultado heridas por intentar evadir el pago de los 2.200 pesos del pasaje”. Al leer eso, resulta inevitable preguntarse si vale la pena jugarse la vida por tan poca cosa.

Y aunque esas cifras son preocupantes, hay otras tanto o más escandalosas, como las de los colados del Sisbén. Hace un mes, también en EL TIEMPO, leíamos que –según el Departamento Nacional de Planeación– el número de colados del Sisbén había alcanzado “la cifra récord de 653.000 personas en septiembre de 2015”. Ahora, según el nuevo director del DNP, gracias al proceso de depuración que adelanta esta entidad, ya quedan menos de 100.000 personas coladas en este sistema y se espera que para agosto de 2018 no haya ninguna.

El mencionado informe de este periódico también hacía alusión a los subsidios de los servicios públicos. Aunque se supone que dichos privilegios son para los más pobres, hay muchas familias “que viven en estratos 4, 5 y 6 y gozan de este beneficio sin necesitarlo. Lo reciben por el solo hecho de habitar en uno de los tantos inmuebles de conservación arquitectónica que están regados por todo Bogotá y el país”. ¿No es el colmo?

Pero, volviendo al tema de desmovilizados de grupos armados, es necesario recordar lo que pasó con las Auc. En una entrevista que le hice en 2011, en la cárcel de Itagüí, a alias Ernesto Báez, el líder paramilitar decía que “35.000 no éramos los miembros de las autodefensas. ¡Jamás! Esa organización podía llegar a 15.000 o 16.0000 combatientes” y para ilustrar el caso recordaba que “cuando se desmovilizó parte de la autodefensa del Bloque Central Bolívar (...) hubo que devolver cuatro camiones repletos de vagos, prostitutas, vendedores callejeros, que los apuntaron en las listas para que figuraran como desmovilizados y se pudieran ganar los 354.000 pesos que ofrecía el gobierno”.

Lo curioso es que muchos que con toda la razón protestan hoy por los colados de las Farc no decían ni mu sobre los colados de los paramilitares.

VLADDO

Columnistas

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