Tan cerca y tan lejos

Tan cerca y tan lejos

El gran problema es que hoy por hoy nos preocupamos más por interactuar que por actuar.

03 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Este 31 de diciembre a las once en punto de la noche apagué la luz y me sumí en un plácido sueño, como cualquier otro día. No me di la gran comilona ni me embriagué con el pretexto del cambio de calendario. Tampoco me comí las dichosas 12 uvas, ni compré las espigas a la salida del supermercado, ni salí con una maleta a darle vueltas a la manzana ni, menos aún, elaboré una lista de propósitos de año nuevo. No me prometí ir a un gimnasio, ni comenzar una dieta nueva ni reconciliarme con nadie antes de la medianoche. Nada.

Lo que sí he hecho es aprovechar estos días de quietud infinita para pensar cómo usar mejor el tiempo, ahora que vivimos en un mundo tan conectado y tan aislado a la vez, por cuenta de esa serie de aparatos, aplicaciones y plataformas que cada día nos invaden más y que de cierta manera nos empujan a alejarnos en forma sutil pero implacable de las personas que nos rodean, a las cuales estamos convirtiendo en familiares o amigos virtuales.

La adicción al celular –que los afectados por lo general nos negamos a admitir– se refleja en el aislamiento del mundo real, por estar leyendo y redactando decenas de mensajes, la mayoría de los cuales son innecesarios.

El gran problema es que hoy por hoy nos preocupamos más por interactuar que por actuar. Como ya lo he dicho antes en este mismo espacio, no es lo mismo un saludo por chat que en persona; no hay punto de comparación entre tomarse un café con alguien e intercambiar emojis por el celular. Es evidente que cuando hay miles de kilómetros de por medio las comunicaciones vía internet son una opción muy valiosa; pero lo malo es que ya hemos llevado las conversaciones vía chat y el acceso continuo y desmedido a las redes sociales a límites absurdos.

De lo que se trata es de ver qué puede hacer usted con la tecnología y no de lo que la tecnología puede hacer con usted.

En mi caso, por ejemplo, descubrí una cifra preocupante. En los casi diez años que llevo en Twitter he escrito algo más de 100.000 trinos. ¡Cien mil…! Si cada tuit tiene en promedio cien caracteres, eso significa que he publicado unos diez millones de caracteres, lo cual equivale a tres veces la extensión de la Biblia o cinco veces la de El Quijote. En otras palabras, son los mismos caracteres que necesitaría para escribir 2.700 columnas como esta, cuya publicación semanal requeriría casi 52 años. Después de hacer esas cuentas, decidí purgar mi Twitter y procedí a borrar todos esos trinos y a dejar mi cuenta en blanco, mientras pienso de qué manera puedo darle una mejor utilidad a esa plataforma.

¿Se imaginan cuánto tiempo desperdicié desde 2008 redactando todos esos trinos? ¿Era de verdad necesario escribirlos? ¿Ha valido la pena dedicar tanto tiempo y energía a releer, retuitear y esperar reacciones de mis seguidores cada vez que trinaba? Con la mano en el corazón, tengo que responder que no. Excepto por dos o tres casos muy puntuales, ninguna de esas cien mil frases era indispensable, por muy ocurrentes, intrépidas o jocosas que hayan sido.

Y si eso es en Twitter, donde la medida de los mensajes es limitada, no quiero ni pensar todo el tiempo que desperdician aquellos adictos a Facebook o a WhatsApp, donde pueden escribir a sus anchas, sin preocuparse por la extensión de sus textos.

No se trata de desconectarse por completo de la tecnología ni de estas plataformas, cosa que hoy por hoy sería imposible; ese no es el punto. De lo que se trata es de ver qué puede hacer usted con la tecnología y no de lo que la tecnología puede hacer con usted.

* * *

Colofón. En medio del marasmo del 1.° de enero, en vez de quedarme encerrado en mi casa, saludando ‘ciberamigos’ desde mi computador, me fui a visitar a un amigo que vive en las afueras de la ciudad, al que hacía meses no veía. Fue la mejor manera de utilizar mi tarde y de empezar el año.

VLADDO

Columnistas

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