Ordinario, millonario y mandatario

Ordinario, millonario y mandatario

Es una verdadera lástima que un país tan importante tenga un presidente tan insignificante.

16 de enero 2018 , 11:47 p.m.

Dice la sabiduría colectiva que los insultos califican más a quien los profiere que a quien van dirigidos; sentencia que resulta más que ajustada al señor Donald Trump, quien la semana pasada, en una reunión con varios congresistas gringos, se refirió a El Salvador, Haití y los países de África en unos términos no muy comedidos.

Con esas palabras el ordinario, millonario y mandatario quedó retratado de cuerpo entero, reducido a lo que es: un tipo no solo sin educación, sino además sin sensibilidad ni solidaridad con pueblos que han corrido con menos suerte que Estados Unidos, nación grande, sin duda, pero cuyo éxito se debe en buena medida al aporte de muchos extranjeros –como los antepasados del propio Trump–. Sería imposible calcular el número de empresarios, artistas, comerciantes, científicos, obreros e intelectuales provenientes de todos los rincones del mundo que han contribuido a convertir a dicho país en la potencia que es hoy.

Sería imposible calcular el número de empresarios, artistas, comerciantes, científicos, obreros e intelectuales extranjeros que han contribuido a convertir a Estados Unidos en la potencia que es hoy.

Y aunque en el lenguaje del magnate la vulgaridad no es algo nuevo, la aludida calificación resulta a todas luces inaceptable, pues proviene del presidente de la que se supone es la democracia más importante del planeta, pero que él se está encargando de horadar a un ritmo endemoniado. No en vano, miles de voces han sonado y tronado para condenar esta nueva y poco diplomática manifestación de racismo y estigmatización.

Es una verdadera lástima que un país tan importante tenga un presidente tan poca cosa, que solo pueda destacarse por su fantochería, su extravagancia y su grosería. Un mandatario que cada día opaca más la dignidad de su cargo y cuya permanencia en la Casa Blanca, apenas un año después de asumir el mandato, comienza a ser motivo de preocupación de connotados psiquiatras, que ya ponen en duda sus capacidades mentales.

Con esa nueva salida en falso, Trump –cuya fortuna es inversamente proporcional a su criterio– vuelve a recordarnos que el dinero no lo compra todo. Aunque en principio sus acciones y declaraciones contra los inmigrantes, contra los latinos, contra los musulmanes, contra las mujeres o contra los pobres producen rabia, a la larga lo que inspira es lástima. Es un ‘millonetas’ que lo único que tiene es plata. ¡Pobre hombre...!

No obstante, si en gracia de discusión aceptáramos esos desafortunados epítetos de Trump para etiquetar algún país, sería interesante establecer cuáles serían los criterios –diferentes de la pobreza– para merecer tan ofensiva distinción.

¿Qué decir, por ejemplo, de un país que durante décadas se ha aprovechado de su poderío militar para explotar a otros, para invadirlos o para doblegarlos e imponerles su voluntad?

¿Cómo calificar a un país cuyos sucesivos gobiernos han orquestado, promovido y financiado complots para asesinar o defenestrar mandatarios elegidos en las urnas y reemplazarlos con dictadorzuelos de bolsillo, afines a sus intereses?

¿Qué tal un país que por un lado expide certificaciones de derechos humanos, pero por el otro no tiene escrúpulos para mantener estrechas relaciones con regímenes represivos, como el de China o Arabia Saudita, donde los ciudadanos no tienen las más mínimas garantías para expresarse, vestirse o movilizarse con libertad?

¿Cómo denominar a un gran país que amenaza y utiliza la ayuda económica como chantaje para presionar a otros más pequeños por producir cocaína, pero no hace mucho para reducir el consumo ni controlar el comercio de drogas dentro de sus propias fronteras?

¿Qué pensar de un país que permite que sus empresas farmacéuticas saqueen, manipulen y expolien los recursos naturales de países del Tercer Mundo para desarrollar medicamentos o alimentos incomprables mientras sus accionistas se forran en dólares?

Ese sí que podría llamarse un país de m...

VLADDO@OpinionVladdo

Columnistas

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