¿Hablar por hablar?

¿Hablar por hablar?

¿Quién recuerda la última vez que interrumpió lo que hacía por ver un discurso presidencial?

25 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Alguien recuerda cuándo fue la última vez que habló por televisión el Presidente de la República? O, mejor dicho: ¿quién recuerda la última vez que interrumpió lo que hubiera estado haciendo por ver un discurso del primer mandatario? Yo creo que no exagero al decir que –salvo quienes tienen un interés particular en la política o en la actualidad– son muy pocas las personas que están pendientes de las transmisiones de los mensajes que se originan en la Casa de Nariño.

Sé que puede sonar a retahíla trasnochada, pero lo cierto del caso es que ya los discursos presidenciales no son como los de antes. Hace años, cuando se anunciaba una intervención presidencial por radio y televisión, el país entero quedaba a la expectativa y esta era seguida con atención no solo por periodistas y analistas de los medios, sino por la ciudadanía en general, que debatía y comentaba luego las palabras del jefe del Estado. Pero eso era antes; por allá en esa época en la que los periódicos publicaban la transcripción completa de cada discurso.

Como seguidor de oficio –y de antaño– de esas alocuciones, me inclino a creer que su intrascendencia actual se debe no solo a la evolución y la inmediatez de las comunicaciones, sino a otros factores. Por ejemplo, la saturación que siente el público con sus mandatarios, pues por causa de las redes sociales están copando todo el tiempo los espacios de información y, a la hora de aparecer frente a las cámaras, ya no dicen nada sustancial. De hecho, en más de una ocasión hemos visto que es más efectivo un trino de 140 caracteres que una perorata presidencial de diez páginas. Y, por otra parte, es innegable que se ha perdido la majestad de ese cargo y lo que dice un presidente hoy ya no tiene el mismo impacto que tenía un par de décadas atrás.

Los asesores presidenciales deberían tener en cuenta que su jefe sólo debe hablar en vivo y en directo cuando tenga algo importante que decir.

Claro que hay ocasiones en las cuales el jefe máximo no pone de su parte y da discursos tan triviales como el de Juan Manuel Santos de la semana pasada, al término de la cacareada reunión de la Comisión Nacional de Garantías de Seguridad, convocada para revisar los problemas de seguridad de Nariño y los asesinatos de líderes sociales. Al verlo rodeado de algunos miembros de la cúpula militar, más el Vicepresidente, el Fiscal General y varios altos funcionarios –y en una coyuntura tan delicada–, alcancé a creer que el Presidente iba a hacer alguna revelación importante, lo cual nunca sucedió. Fue una intervención inocua, en la que no aportó nada de nada ni divulgó ningún dato relevante.

Sus palabras no sirvieron para aclarar qué había pasado con los campesinos asesinados en Tumaco a comienzos de mes, no dijo en qué iba esa investigación y tampoco pudo explicar por qué –a pesar de las reiteradas advertencias de las comunidades y de ONG nacionales y extranjeras– decenas de líderes sociales, a lo largo y ancho del país, siguen siendo víctimas de balas asesinas. En resumidas cuentas, salió a decir en 18 minutos lo que habría podido escribir en dos mensajes de Twitter. Y, además, habría podido ahorrarse una interrupción de la programación, que por breve que sea no deja de ser chocante para los televidentes.

¿No habrá en Palacio nadie capaz de decirle al Presidente que semejante despliegue mediático, carente de contenido y con medio gabinete a bordo, solo sirve para desgastar aún más su imagen, ya de por sí bastante golpeada? Sus asesores deberían tener en cuenta que el jefe solo debe salir en vivo y en directo por televisión cuando tenga algo importante que decir; no deben ponerlo a hablar por hablar. A menos, claro, que quieran que termine como cualquier Trump.

* * *

Colofón. Muy didáctica la estrategia de Alejandro Ordóñez de quemar libros como “acto pedagógico”. ¡Válgame, Dios!

VLADDO

Columnistas

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