El día que votamos poquito, pero mal

El día que votamos poquito, pero mal

Mientras más nos demoremos en desfacer este entuerto, más alto será el riesgo de que todo se vaya al traste y sigamos contando víctimas.

04 de octubre 2016 , 06:09 p.m.

El domingo pasado, con la derrota del Sí, los colombianos quedamos en deuda con las víctimas de 52 años de guerra. Víctimas representadas en militares y civiles muertos y desaparecidos; en soldados y niños mutilados en campos minados; en viudas solitarias y en madres que han tenido que sepultar a sus hijos caídos en los campos; en los menores a los que la violencia les ha arrebatado a sus papás; en campesinos que han tenido que huir del boleteo y la extorsión, pero también de los bombardeos; en los labriegos despojados de sus parcelas...

Esta democracia quedó con un saldo en rojo con muchas de esas víctimas, que nos dieron una lección de vida. Ellos, que saben lo que es el pánico de verdad –pues han sufrido en carne propia los horrores de este medio siglo de violencia–, se convirtieron en un ejemplo de perdón y de reconciliación al votar abrumadoramente por el Sí; mientras buena parte del país les daba la espalda para convertirlos en los mayores derrotados en una jornada triste y deplorable.

En una votación que debería avergonzarnos no solo por la alta abstención, sino por tan mala decisión, los que determinaron el resultado del plebiscito no fueron los que han puesto los muertos en las regiones más pobres y apartadas del país, sino los habitantes de los grandes centros urbanos, que escasamente ven la guerra por televisión; esos que votaron basados en los miedos inventados por los promotores del No.

Y ni hablar del papelón ante la comunidad internacional, que nos ha acompañado con tanto interés y ha tenido los ojos y los oídos puestos en este proceso que, como dijo Michael Bock, el embajador de Alemania en Bogotá, era el único rayito de luz y esperanza en este planeta convulsionado por la guerra.

Después del bochorno ocasionado por el brexit, John Carlin y sus paisanos británicos pueden descansar, ya que ahora –y muy merecidamente– los objetos de la burla orbital somos los colombianos. Si el solo hecho de que nosotros hiciéramos un plebiscito por la paz ya resultaba incomprensible para los extranjeros, el triunfo del No los dejó de una sola pieza; tal y como lo han registrado los medios en todas las latitudes.

Y si en el exterior la derrota del Sí causó sorpresa, a los de las firmas encuestadoras del país ese resultado les cayó como un balde de agua fría. Con un agravante: gracias a las inmensas diferencias a favor del Sí registradas en las encuestas de la semana pasada, nadie tenía plan B: ni el Gobierno ni los que rechazaban los acuerdos con las Farc. Y en este punto hay que decir que la reacción del Gobierno ha sido más ágil que la de los ‘noístas’, que, como no esperaban ganar, no han sabido qué hacer; aparte de nombrar comisiones para discutir los puntos por reformar, pero sin concretar propuestas para renegociar lo pactado entre la administración Santos y la guerrilla.

El otro detalle es que cualquier cambio en el Acuerdo Final tiene que contar con la aprobación de las Farc, cuyos comandantes, dicho sea de paso, han respondido con seriedad y serenidad e insisten en que la paz es irreversible. No obstante, al margen de su buena voluntad, manifiestan que lo escrito escrito está y es inmodificable, concepto que le agrega más suspenso a todo el asunto.

Sin duda, este país –que ha sorteado profundas dificultades en tiempos recientes– superará también esta dura prueba; lo que no sabemos es el costo que tendrá para quienes padecen la guerra. Y mientras más nos demoremos en desfacer este entuerto, más alto será el riesgo de que todo se vaya al traste y sigamos contando víctimas.


* * *

Colofón. Con el alma encogida y no pocas lágrimas, debo decir que el país no estuvo a la altura del reto tan simple y tan trascendental que nos puso el Presidente de la República. Era tan fácil ponerle punto final a esta guerra...

@Vladdo

Columnistas

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