Del chat y otros demonios

Del chat y otros demonios

Las redes sociales y los chats, en vez de acercarnos, cada día nos distancian más.

27 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

No me explico a qué horas llegamos a estos altos niveles de saturación y agobio propiciados por el abuso de las redes sociales y los adictivos chats, que, en vez de acercarnos, cada día nos distancian más.

Muchas cosas han cambiado en el mundo de las comunicaciones desde cuando recibí el primer telegrama o me tocaba ir a hacer cola en la oficinita de Telecom en Villa de Leyva, para avisarle a la familia en Bogotá que había llegado sin novedad. Y ni hablar de la primera caricatura que envié por fax desde Cali a la redacción de EL TIEMPO, en Bogotá, por allá en 1990.

A finales del siglo pasado, en esa época en la que no existían las apps ni los smartphones, ese programita llamado ICQ –abreviatura de I Seek You: yo te busco– que uno instalaba en el computador le permitía enviar mensajes personales de un extremo a otro del planeta, siempre y cuando hubiera conexión a internet. Durante años ese software sencillo y con ruidos muy característicos fue el estándar a la hora de chatear.

Sin embargo, a comienzos de la década del 2000 apareció el MSN, Messenger de Microsoft, que terminaría desbancando a ICQ y se volvió el mandamás de las comunicaciones de los internautas, ya que no solo servía para enviar mensajes de texto, sino que permitía formar grupos en los chats. Y, como si fuera poco, también ofrecía la posibilidad de ver y oír a la contraparte, con una calidad de audio y video que hoy nos parecería paupérrima, pero que en esos tiempos era lo último en guarachas.

Las herramientas de comunicación, que antes se usaban para acercarnos y establecer vínculos, se han convertido en instrumentos de manipulación, odio y desinformación

El proceso, no obstante, no era tan sencillo, pues en aquel entonces el ancho de banda era muy reducido y la velocidad en la transmisión de datos era muy pobre. Además, como muchos recordarán –sobre todo en el mundo de Windows–, no todos los computadores traían cámara ni tenían entrada de sonido. Es decir, no eran ‘multimedia’, por lo cual tocaba conectarles dispositivos externos para establecer la comunicación. Así y todo, con imágenes poco nítidas y sonido no muy claro, fueron numerosas las veces que nos emocionamos con las videollamadas del Messenger. Algo similar ofrecían otros servicios como Yahoo Messenger o Skype, adquirido a la larga por Microsoft.

Casi al mismo tiempo, otro fenómeno empezaba a aparecer en el horizonte: el Blackberry, ese extraño instrumento, similar a un bíper, que incorporaba correo electrónico y servicio de mensajería (BBM) y que luego, con la adición de llamadas y servicios web, se convirtió en el precursor de los celulares inteligentes. Hasta entonces, la única opción disponible eran los mensajes de texto, que no eran del todo económicos, sobre todo si tocaba pagar roaming. El BBM, en cambio, usaba el plan de datos del teléfono, sin importar si la otra persona estaba en una ciudad distinta o en otro continente. Lo único que se necesitaba era que ambos usuarios tuvieran su pin y su Blackberry, ese aparato versátil y seguro que creímos que nunca iba a desaparecer. Hasta cuando llegaron el iPhone y los otros teléfonos inteligentes y encontraron el Blackberry mal parqueado. Ahí comenzó una debacle que se hizo irreversible con la irrupción de WhatsApp en 2009. Lo demás ya es historia conocida.

Al hacer este repaso a vuelo de pájaro, me pregunto si en vez de avanzar hemos retrocedido, pues estas herramientas de comunicación, que antes se usaban para establecer o afianzar vínculos, se han convertido en instrumentos de manipulación, odio y desinformación.

* * * *

Colofón. Por más que Viviane Morales venga a dárselas de perseguida, lo cierto es que ella, alegando una supuesta libertad de conciencia, lo que quiere es transformar sus convicciones religiosas en leyes discriminatorias y excluyentes; así se niegue a admitirlo.

VLADDO

Columnistas

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