De corazón azul, con amigos rojos

De corazón azul, con amigos rojos

Disfrutemos la final más desde la complicidad que desde la rivalidad.

13 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Hace muchos años –en una entrevista por fax, para más señas– le pregunté al caricaturista Roberto Fontanarrosa por qué era hincha de Rosario Central. Al contestar, el ‘Negro’ salió con una de sus habituales ocurrencias, pero esta vez le añadió una dosis de resignación. “Porque Dios, en su infinita sabiduría, me ha puesto sobre este mundo para sufrir”, me respondió de manera ingeniosa y lapidaria.

Esa frase, entre cínica y graciosa –y con la cual yo me he sentido identificado por mucho tiempo–, reflejaba también el drama que muchos tenemos que vivir tarde o temprano por cuenta del equipo de fútbol de nuestras simpatías; pues por muy poderoso que sea no hay ningún plantel que triunfe siempre ni que lo gane todo. Ni siquiera clubes como el Barcelona, el Bayern München, el Real Madrid o el River Plate, por mencionar unos cuantos, los cuales en algún momento han tenido que morder el polvo, pese a ser tan encopetados.

Al igual que incontables seguidores de Millonarios, yo sé lo que es atravesar el desierto de títulos y trofeos, bajo la mirada a veces burlona y a veces indulgente de nuestros vecinos de patio. En esos años infinitos de hambruna futbolística la cosa llegó a ser tan dramática para estas dos escuadras bogotanas que hasta 2012 nuestro único consuelo –aparte de la cantidad de estrellas bordadas en la camiseta azul– era que la sequía de Millos era menos larga que la de Santa Fe, ya que los cardenales habían salido campeones por última vez en 1975, mientras que nosotros habíamos levantado nuestra copa más reciente en 1988.

A pesar de que el lunes solo uno podrá festejar el triunfo, lo cierto es que todos podemos celebrar el fútbol.

La cosa cambió un poco hace cinco años, cuando en los campeonatos de 2012 rojos y azules terminaron con su ayuno y obtuvieron la estrellas 7 y 14, respectivamente. Sin embargo, desde entonces el balance ha sido más favorable para Santa Fe, que ha obtenido otras dos ligas, mientras nosotros seguimos en blanco. Y así llegamos a este ansiado clásico de 180 minutos, la tan esperada final bogotana, que parecía imposible.

Tengo que admitir que hace años no voy a El Campín, no solo por lo flojos que suelen ser los partidos de nuestra liga profesional –no nos digamos mentiras–, sino por el temor a que la violencia y la intolerancia que se han apoderado de nuestros estadios puedan convertir en una calamidad la simple celebración de un gol o la exhibición de una camiseta. Y aunque sé que la emoción no es comparable con la que se siente cuando uno está en medio de la multitud en unas graderías, me conformaré con acompañar a Millitos desde mi casa, con el mismo cariño de siempre y con esa conocida mezcla de ilusión y angustia a la que ya estamos acostumbrados.

No obstante, pase lo que pase de aquí al domingo, nadie debería tomar un resultado adverso como una fatalidad. Por eso quiero invitar a embajadores y santafereños a no dejarnos desbordar por la euforia ni por la rabia; a que no permitamos que nos invadan el triunfalismo ni la frustración. Es más, al margen del resultado, en los juegos de ida y vuelta en mi corazón azul habrá un espacio para tantos amigos del Expreso Rojo –como Eduardo Arias y Daniel Samper, Bacteria y Yamid Amat, Poly Martínez y Manolo Bellon, don Jediondo y Catherine Siachoque, Jorge Alfredo Vargas y Francisco Santos, entre muchos hinchas ilustres– que estarán tan nerviosos e ilusionados como yo, pero que sé que van a disfrutar de estos dos partidos más desde la complicidad que desde la rivalidad.

Por muy apasionados que podamos ser, con emoción o resignación, como ganadores o perdedores, no podemos olvidar que esto no es más que un deporte; se trata apenas de un campeonato, no de una guerra. Y a pesar de que el lunes solo uno podrá festejar el triunfo, lo cierto es que todos podemos celebrar el fútbol.

VLADDO

Columnistas

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