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Violencia, aprendizaje y comunicación

Lunes 5 de diciembre de 2016
Columnistas
Óscar Sánchez

Óscar Sánchez

Violencia, aprendizaje y comunicación

Las voces tranquilas huyen de los espacios destructivos, así que en los debates agrios se quedan solamente quienes disfrutan polemizar más que analizar.

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¿En qué medida se acostumbran (o desacostumbran) las sociedades a la violencia? Es una pregunta clave para este país y para el mundo. La psicología, la pedagogía, la antropología y otras ciencias han trabajado por décadas para explicarlo. Y la neurociencia ayuda cada vez más a la respuesta. No somos violentos o pacíficos por naturaleza, sino que hemos aprendido a serlo. Y como el cerebro humano se forma en el ambiente, ese aprendizaje (a protegerse con violencia, a ejercerla para ganar poder y a tolerarla) se realiza progresivamente a través de la comunicación.

Aprendemos a ser impulsivos o reflexivos, competitivos o cooperativos, sensibles o indolentes, empáticos o desconfiados, durante toda la vida. Pero los primeros años cuentan mucho para las competencias emocionales; la adolescencia, para las capacidades ciudadanas, y a lo largo de la vida aprendemos a reflexionar, a calcular y a relacionarnos con los demás de modo más instrumental o altruista. ¿Se puede corregir lo aprendido? Sí, pero las oportunidades se van reduciendo y el modo de aprender cambia. El vehículo fundamental de aprendizaje de la violencia y de la convivencia es el lenguaje. ¿Influye de igual manera el lenguaje en la comunicación presencial, mediada o masiva? No, por fortuna. Dado que la relación de poder y afecto varia, la carga emocional y el aprendizaje son muy diferentes si hay contacto personal o a través de herramientas tecnológicas. Pero como la tecnología cada vez avanza más, cada vez se parece más a lo personal, o logra poner en lo masivo lo personal. Y ahí está el nuevo gran riesgo: digamos que la técnica para comunicarse se disparó, pero la ética para relacionarse está estancada. Más que a la sociedad del conocimiento (o además de ella), esta nueva era nos ha traído al frenesí de los incultos.

Si en el siglo XX los medios masivos de comunicación crearon una nueva sociedad de masas, la evolución de las redes sociales en el siglo XXI ha generado una tribuna que amplifica cualquier cosa. Lo positivo es que cualquier ciudadano puede opinar e increpar a los poderosos. Pero el lenguaje se ha degradado. Nuestros hijos nacen en eso. Lo viven culturalmente y en sus cerebros está labrándose, como se labran los sonidos ‘r’ o ‘ñ’ en las culturas latinas y no en las orientales. Hay más violencia en la comunicación, el acoso cibernético es un problema serio entre los jóvenes, y sin llegar a afirmaciones simplistas como que las personas se vuelven más violentas según la cantidad de películas o comentarios agresivos que vean en internet, es apropiado decir que el lenguaje violento, sobre todo en lo cotidiano, configura estados de ánimo violentos. Y los estados de ánimo colectivos se convierten en arquetipos: lo que todos imitamos, lo que aprendemos, no en la educación formal, sino en la cultura.

Hoy es habitual aburrirse con quienes necesitan descargar su amargura en las redes; los columnistas cierran sus foros, porque sus ‘lectores’ los descalifican sin leerlos, y me pregunto si a los tuiteros dedicados a intercambiar insultos la vida se les vuelve solo conflicto y humillación. Pero el ciudadano que abre una cuenta en algún espacio virtual, ¿debería bloquear a todo el que lo confronta? ¿Acaso no es eso ignorar a los demás? Siempre pensé que la corrección política es una forma de opresión, y toda opinión, crítica o comentario, por rudo que sea, debe ser tenido en cuenta en su esencia. Tomarse en serio toda pregunta y toda preocupación genuina, más allá del estilo, es un buen principio ético. Además, los adultos sobreinformados podemos depurar nuestras listas de contactos, pero eso no basta en la sociedad en general. No creo en la censura, y para mantener la libertad como valor creo que es mejor que cada quien elija. Pero eso sí, tenemos que educar para saber elegir.

No obstante, en vista del desmadre, me tocó ir más allá. ¿Por qué no premiar la cortesía, la presunción de buena fe y el poder de la comunicación que propone y que respeta? Buscando encontré el concepto de comunicación apreciativa. Ahora entiendo que algunas personas necesiten propiciar agrias polémicas públicas con sus colegas y superiores o lanzar al aire juicios fuertes, hacer mofa o usar palabras sórdidas para desahogarse. Y que otras de bajo tono moral se escondan tras un seudónimo para enlodar a otros sin poner la cara. Constaté con datos científicos que las voces tranquilas huyen de los espacios destructivos, así que en los debates agrios se quedan solamente quienes disfrutan polemizar más que analizar. Y el famoso ‘hacker’ Sepúlveda nos hizo saber que es un negocio montar empresas de difamación en internet, así que los insultos pueden ser para expresar algo o percibir un sueldo.

Nos toca descubrir cómo mantener la libertad de expresión y escuchar más allá de las formas, y al tiempo pensar lo que decimos, ser selectivos en lo que escuchamos y usar con sentido ético las técnicas de comunicación contemporáneas, sin caer en legislaciones opresoras. Y, sobre todo, inventarnos una manera de enseñar a nuestros hijos esa comunicación apreciativa sin coartar su libre desarrollo y su sed de exploración. Un desafío enorme con respuestas precarias y muchos riesgos para la convivencia.



Óscar Sánchez

*Coordinador nacional Educapaz
@OscarG_Sanchez

 

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