Un puente entre generaciones

Un puente entre generaciones

Las artes y los deportes pueden unirnos y ayudarnos a superar grandes conflictos.

03 de abril 2017 , 02:12 a.m.

De un tiempo a esta parte, el mundo está dividido y enfrentado a más no poder. La violencia engendra más violencia y ha comenzado el afán destructivo. Hay que poner sosiego y recapacitar. A propósito, el Consejo de Seguridad acaba de aprobar por unanimidad una resolución en la que se insta a los Estados a desarrollar, con la ayuda de agencias de la ONU y de Interpol, una amplia cooperación policial y judicial para prevenir o contrarrestar todo tráfico de bienes culturales que beneficie a los sembradores del terror o a sus cómplices.

En este sentido, el secretario general adjunto de Naciones Unidas para Asuntos Políticos, Jeffrey Feltman, ha llegado a decir que los grupos terroristas como el Estado Islámico explotan los lugares culturales para financiar sus actividades, fortaleciendo sus vínculos con la delincuencia organizada. “Ellos destruyen el patrimonio cultural y socavan el poder de la cultura como un puente entre generaciones, entre diferentes personas de distintos contextos y religiones”, apuntó.

Es necesario que tanto los de Oriente como los de Occidente nos reencontremos a través del conocimiento más respetuoso, compartiendo vivencias que caracterizan el recorrido de toda existencia humana, reflexionando juntos para enriquecernos y progresar en el conocimiento de la verdad, de manera que podamos vivir más humanamente la existencia.

A mi juicio, es tiempo de interrogarse mucho, de poner en valor la complementariedad de las diferentes culturas en las que se desarrolla el ser humano, de ahondar en las creencias e increencias de la ciudadanía, de conocerse más para poder reconocernos como familia. Está visto que las sapiencias cuanto más profundamente enhebradas en lo humano estén mejor comprenden las diversas situaciones, porque llevan consigo el testimonio de la apertura del individuo a lo universal y transcendente.

No se pueden levantar muros, hay que tender puentes de proximidad, de encuentro y diálogo. Las artes pueden unirnos.

Lo decían hace unos días los organizadores del congreso que se llevó a cabo con motivo de los cincuenta años de la ‘Musicam Sacram’, donde se proponían favorecer una reflexión profunda ‒a nivel musical, litúrgico, teológico y fenomenológico‒, ofreciendo una propuesta positiva al culto cristiano, expresión de alabanza al Creador, agradable al oído en la diversidad de los modelos culturales. Sin duda, es bueno recuperar el patrimonio musical, en diálogo ecuménico y con la cultura contemporánea. Lo mismo debería suceder con el deporte como lenguaje universal que acerca a los pueblos. Sería una buena manera de superar los conflictos. Por eso, es fundamental que las dimensiones creativa, deportiva o de simple convivencia se vivan como una escuela de virtudes, para que la concordia pueda abrazarnos en nuestra inconfundible historia vivencial de equipo humano.

El inolvidable Nelson Mandela lo tenía claro, su ideal de vida “era el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades”. Desde luego, toda la creación forma un conjunto versátil, donde la ciencia se entrecruza con el arte como queriendo fraternizarse.

Ojalá el mundo tuviera unos moradores más responsables que buscaran el bien colectivo, en lugar de rivalidad y guerras. Son las diversas culturas, en consecuencia, las que han de darnos continuidad histórica, las que han de ensañarnos la manera de pensar y de vivir, de caminar y de ser. Ahí está el referente de la Unión Europea, un continente armonizado en los valores de la solidaridad, la democracia y el Estado de derecho. Su mercado único garantiza la libertad de elección y el movimiento, el crecimiento económico y la prosperidad para quinientos millones de ciudadanos.

Es el mayor bloque comercial del mundo y el mayor donante de desarrollo y ayuda humanitaria. El pasado 25 de marzo, los líderes se reunieron en Roma para celebrar el 60.° aniversario de los Tratados de Roma, firmados en 1957, y ver que ahora se precisa de un nuevo aliento más allá de las normas, pues detrás de todo esto hay una conjunción de Estados, una ciudadanía que ha de estar dispuesta a ser menos egoísta y más solidaria, con unas instituciones que dignifiquen la vida de todo ser humano.

Si los europeos tienen que pensar más en Europa para que la unión sea una realidad, el mundo también tiene que recapacitar mucho más en todos sus pobladores, para que lo armónico deje de ser un sueño. Todo el planeta ha superado desafíos que parecían intimidatorios hace veinticinco años, con más de dos mil millones de personas fuera de la pobreza, pero casi ochocientos millones subsisten actualmente con menos de dos dólares diarios. Son datos reales, incluidos en el Informe de Desarrollo Humano 2016, que nos deben poner en acción. Lo primero es centrar los esfuerzos en aquellas culturas marginadas, en aquellas personas excluidas. No puede haber paz mientras las desventajas afecten de manera extrema a ciertos grupos marginales.

Uno jamás tiene que valer por lo que tenga o lo que produzca, sino por su potencial humano, único e irrepetible. Para esto, hay que pasar de este mundo voraz, que castiga a los débiles, a un mundo de justicia, para que los menos dotados puedan realizarse como ciudadanos del mundo. Hoy por hoy, las mujeres y las niñas, los habitantes de las zonas rurales, los pueblos indígenas, las minorías étnicas, las personas con discapacidad, los migrantes y refugiados y la comunidad LGBTI se hallan de manera desmedida representadas entre los más marginados. Trabajemos para que no sea así.

VÍCTOR CORCOBA HERRERO
Escritorcorcoba@telefonica.net

Columnistas

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