Los humanos somos gente apasionada

Los humanos somos gente apasionada

Somos familia o dejaremos de existir. Es necesario, por tanto, hallar nuevas maneras de hermanarnos.

07 de enero 2017 , 11:37 p.m.

El mundo tiene que encontrar la luz, por muchas dificultades que hallemos en el camino. Por propia razón de ser y de cohabitar, somos gente apasionada. Ahí radica la expectativa de volver a ilusionarnos. Nuestros predecesores también trabajaron con su propio espíritu, y así dieron fortaleza a tantas organizaciones solidarias, a tantos horizontes que parecían imposibles de abrazarlos, pues nunca es tarde para recomenzar nuevos vuelos, si en el empeño ponemos coraje y esperanza, naturalidad y comprensión. Cuántas veces nos perdemos de vista a nosotros mismos y no nos reconocemos en situaciones vividas. Quizás tengamos que salirnos de esta mentalidad mundana, que todo lo vuelve oscuro, para tomar otros caminos más generosos, de mayor donación entre semejantes y de mayor compromiso hacia nosotros mismos, con el fin de regenerar la propia especie, haciéndolo más desde el corazón que desde el cuerpo, en armonía con la mente.

Cada vez que un ser humano defiende un ideal, actúa para mejorar nuestra existencia, o si lucha contra una injusticia, lo hace también para restablecer el sosiego entre todos los moradores. Así surgió Unicef, hace setenta años, con personas apasionadas, cuyo objetivo primordial fue poner amor para proteger vidas, proporcionar ayudas a largo plazo y dar aliento a los niños que estuvieran en peligro a causa de conflictos, crisis, pobreza... Es público y notorio que la labor de esta organización, siempre preocupada por los chavales más desfavorecidos, excluidos y vulnerables, nunca ha sido tan importante y urgente como ahora, entre otros, por los efectos del cambio climático.

Hoy más que nunca hace falta ablandarse y poner furia para enhebrar consuelo. De veras cuesta entender la pasividad de algunos Estados para cobijar a los refugiados. Las cifras no pueden ser más alarmantes. La agencia de Naciones Unidas acaba de indicar que “un promedio de 14 personas murieron al día en el Mediterráneo en 2016”. Realmente, esta situación nos deja sin palabras. ¿Dónde están nuestras inquietudes? Cualquiera de nosotros podría haber sido uno de ellos. En consecuencia, debiéramos tener el valor de liberarnos de nuestras falsas luces y encontrar la buena estrella, como han hecho en otro tiempo los santos Magos, dando más crédito a la bondad de un Niño (en su inocencia) que al aparente esplendor del poder (en su pedestal).

Ellos, los Magos de Oriente, sí que fueron auténticos buscadores de auroras, nos enseñaron a no complacernos con un comportamiento trivial, sino en ahondar en nosotros, en dejarnos penetrar por lo efectivamente importante para nuestro camino, como es el cultivo de las virtudes y la labranza de la evidencia como pulso. Ojalá pongamos entusiasmo en todo lo que hagamos en este 2017, ya que esto es un gran signo de salud espiritual. Por muy creciente que sea la diversidad de culturas, los demás seres humanos no son enemigos o contrincantes nuestros, sino compañeros de andanzas a quienes podemos acoger y querer. De hecho, la concordia es una dimensión esencial del ser humano, puesto que no se entiende su existencia, sin su carácter relacional. Bien es cierto que nos hemos globalizado, ahora nos falta familiarizarnos, pues todos compartimos un destino común, el de contagiarnos de amor y no de guerras, de luz y no de sombras, de vivencias y convivencias, abriéndonos y no cerrándonos en nosotros mismos.

Indudablemente, debemos poner más interés en lo humano. Causa gran dolor que, en muchas partes del mundo, perennemente se golpeen los derechos humanos fundamentales. Si en verdad todos los líderes del mundo pusiesen más clemencia y fervor en lo que hacen, tuviesen más solidaridad y empatía con todas las culturas, más entrega y generosidad a la hora de servir a la ciudadanía, y no de servirse de ella para sus oscuras transacciones, habríamos tenido menos conflictos. De ello, no tengo ninguna duda. El ser humano ha de despojarse de todo y ofrecerse en su totalidad y para toda la humanidad. Quizá debiéramos cultivar mucho más nuestro interior, poner más en práctica el respeto como primera condición para saber ofrendarse, pues si la bondad es el principio del buen fondo, respetar es el principal freno de todas las inmoralidades. Cuando los que mandan pierden la compostura, también los que obedecen abandonan la compasiva textura y todo se convierte en un caos. Sin duda, nos hace falta un nuevo orden más humanista para que brille una sola humanidad humanizada.

Podemos conseguirlo si ponemos más ímpetu, si conciliamos y reconciliamos ideas y deseos, pensamientos y sueños, si sabemos que aquella persona moderadora reconoce a todo ser humano como parte de sí. Nunca es tarde para activar nuevas enseñanzas que nos lleven a vivir una fraternidad abierta a todos. Tenemos la suerte de contar, en la actualidad, con más de mil millones de turistas internacionales que viajan por el mundo todos los años, lo que nos debe ayudar a entendernos mejor unos con otros, pues cada quien se ha convertido en una poderosa fuerza transformadora que tiene una influencia decisiva en la vida de millones de personas. Por ser uno de los principales sectores de generación de empleo en el mundo, me alegra que 2017 haya sido declarado como Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, ya que ofrece valiosas oportunidades de subsistencia, con lo que contribuye a aliviar la pobreza, pero también a impulsar el desarrollo inclusivo, y, por ende, a florecer todo tipo de alianzas y cooperaciones.

Una sociedad que no fraternice, se corrompe, volviéndose inhumana. O somos familia o dejaremos de existir. Esta es la gran cuestión. Es necesario, por tanto, hallar nuevos modos y maneras de hermanarse. Hasta ahora hemos caminado al contrario, nos hemos dejado gobernar por relaciones de negocio hasta vendernos al injusto dominio, en lugar de ponernos a disposición del ser humano que solicite nuestro auxilio. Este es el auténtico ejercicio pendiente, el fehaciente deber: gastarse gratuitamente hasta desgastarse por el bien colectivo. Fuera especulaciones. Fuera poderíos. Fuera venganzas. Regresemos a una nueva hoja de servicio más desinteresada. Volvamos a la poesía que genera sentimientos sin pedir nada a cambio. Reparémonos a través de un genuino espíritu de caridad fraterna. Nada grande en el mundo se puede hacer sin un gran apasionamiento. ¡Humanicémonos con una buena ración de pasión y de compasión a la vez!, dicho queda como anhelo para este 2017.

VÍCTOR CORCOBA

Columnistas

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