Ayudar con amor

Ayudar con amor

Necesitamos el aliento cooperante y coordinado para que nadie se sienta sin hogar.

16 de octubre 2017 , 12:16 a.m.

Desde que Machado dijese aquello de “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, multitud de seres humanos solemos evocarlo, pero no vivirlo con la asiduidad que deberíamos hacerlo. La situación es bien palpable, con solo vernos y mirarnos un poco. El hambre de amor se debe precisamente a ese espíritu que únicamente injerta la lengua del alma. Buceamos por los exteriores, pero sin adentrarnos en las causas y motivos por los cuales suceden las cosas. Somos gente de palabra fácil, aunque el compromiso fiel lo solemos dejar en el tintero.

Las últimas estadísticas nos dicen que más de veinticuatro millones de personas en todo el mundo se ven desplazadas a causa de los desastres. En realidad, todos somos transeúntes, por lo que debemos trabajar con más amor, al menos para sentirnos acompañados y acompasados, todos con todos. Esta debe ser la primera lección que hemos de aprender. Necesitamos el aliento cooperante y coordinado para que nadie se sienta sin hogar. Por lo tanto, tan importante como redoblar los esfuerzos en asegurar mejores condiciones de vida será también movernos de corazón a corazón. El éxito de la humanidad no viene de unas políticas aplicadas, sino de esos pulsos conciliadores en los que ningún andar se queda en la zanja.

Naciones Unidas suele llamarnos de manera continua para fortalecer esa respuesta humanitaria, porque imperecederamente hemos de hacer camino y hemos de estar en ese andar de auxilio permanente. Chile es uno de los últimos países en recibir refugiados sirios. Treinta y dos niños, dieciséis mujeres y dieciocho hombres llegaron hace pocos días desde Líbano, en el marco del Programa de Reasentamiento de Refugiados, liderado por el gobierno con el apoyo de la agencia de la ONU para este menester. Verdaderamente, cuando se producen estos escenarios, de extender una mano solidaria, como fue el caso de la sociedad chilena, uno no puede evitar al menos esperanzarse y crecer como ser humano, poniéndolos de referente y como referencia. Ojalá prosiga este ejemplo y dejemos de ser piedras en el camino.

El amor, cuando es de verdad, todo lo resuelve. Bien lo sabemos; pues, pongámoslo en práctica. Hay que volver a las entrañas de uno mismo y ver que los moradores tenemos que cambiar. No podemos seguir en este escándalo moral en que millones de personas aún viven en la extrema pobreza, máxime en una tierra caracterizada por un nivel sin precedentes de desarrollo económico, medios tecnológicos y recursos financieros.

La marginalidad de algunas gentes debemos dejar de observarla exclusivamente como una falta de ingresos. Se trata de ver el fondo de la cuestión. Mientras unos lo tienen todo, otros no tienen nada. Sin duda, la indigencia es más un problema de alma que de cuerpo, si quieren de derechos humanos, pero siempre de ausencia de amor hacia el otro, hacia nuestro análogo en la senda del tiempo.

Por desgracia, vivimos en la necedad y en el engaño, en lo políticamente correcto como es el arte de agradar, en vez de descubrir la multitud de estafas indecentes y proponernos hacer justicia. Ya está bien de taparle el rostro a tanto rastro de mentiras para que parezcan verdad. No se pueden disfrazar los horizontes. Tenemos lo que tenemos para transitar y no podemos seguir segando existencias porque sí. Volvamos al ser humano responsable, despojado de intereses mundanos, para acrecentar otros andares menos ‘trepa’ y más solidarios, más en familia y mucho más en comunidad.

Déjennos hablar de estos problemas. No levanten muros. Ni nos mantengan entretenidos con falsedades. Gobiernen los que han de gobernar pero con ética. No nos desorienten, ni nos mercantilicen, y lo que es peor, no nos enfrenten por favor. Pongan humildad y mucha ración de amor en todo aquello que predican, y, si no lo hacen, porque no quieren o no pueden, ¡váyanse!, dejen el camino abierto a otros.

El planeta está llamado a ser un corazón, o, si desean, una morada en la que se puedan cobijar todos los caminantes, sin distinción alguna. Llegado a este punto, yo siempre me digo, cuando al anochecer me invade el desaliento: retornemos a lo de siempre, a lo que no cuesta y cuesta la vida muchas veces, a la autenticidad del amor para poder superar las injusticias e incomprensiones. Convencido de que solo así se puede construir un orbe más cielo que infierno, más de todos que de nadie en particular, más de la poesía que de la política.

Está visto que la mayor penuria que tenemos ya no es la material, sino el egoísmo, que nos absorbe el corazón y nos bloquea a la hora de custodiar y conducir a las personas, a las familias y comunidades. Nunca es tarde para ponerse en el camino de un legítimo movernos todos en una misma dirección para poder hermanarnos y reconstruirnos desde lo armónico a través de un espacio que a todos nos abrace y a ninguno abrase.

VÍCTOR CORCOBA HERRERO
corcoba@telefonica.net

Columnistas

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