Escepticismo y democracia

Escepticismo y democracia

Los demócratas sabemos que democracia no es lo que hay sino lo que queremos que haya.

30 de junio 2017 , 12:00 a.m.

A Vicente Casas Sanz de Santamaría.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk sigue dando que hablar. En reciente entrevista para el semanario alemán Der Spiegel, alborotó el avispero electoral germano afirmando que detrás de cualquier forma de gobierno, la que manda es una oligarquía. Frases como esas, con fuerte arraigo popular, reavivan el escepticismo democrático. Si lo que ha de dominarnos es lo que Sloterdijk llama una “olicracía”, mejor olvidemos la política y démosle la bienvenida al autoritarismo.

Tal y como funciona la democracia en muchas partes del mundo, uno tendría que concluir que, detrás de muchas decisiones políticas que afectan a todos los ciudadanos, quien decide tras bambalinas parece ser un reducido grupo de poderosos que lo que busca es favorecer intereses particulares. Muchos países que se dicen democráticos en realidad son controlados por esos grupos y esos intereses, que no aparecen en la plaza pública y siempre acaban siendo favorecidos. “El mundo les pertenece a pocos, no a muchos” (Sloterdijk). La democracia, para quienes así piensan, está sobrevalorada, y no deberíamos entusiasmarnos mucho con ella.

Muchos países que se dicen democráticos en realidad son controlados por esos grupos y esos intereses, que no aparecen en la plaza pública y siempre acaban siendo favorecidos

No podemos olvidar que el escepticismo cuenta con una importante y respetable tradición, que va desde pensadores como Pirrón, Montaigne y David Hume hasta no pocos contemporáneos cuyo escepticismo se manifiesta en aquellas actitudes intelectuales que niegan que la razón pueda ser un instrumento adecuado para intentar resolver disputas en ciencia, política o religión. Escéptica, entonces, es toda actitud mental, consciente o inconsciente, que de entrada niega la posibilidad de que algo pueda ser verdadero, justo o democrático. La democracia, para un escéptico, no es más que un sainete público en el que siempre acaban dominando los intereses ocultos de grupos oligopólicos. Y a pesar de que en muchos casos eso es así, pienso que eso no es todo lo que es posible decir de la democracia.

En filosofía es importante distinguir entre conceptos descriptivos y normativos. Los primeros nos dicen cómo son las cosas; los segundos, cómo deberían ser. El de democracia tiene la particularidad de que puede ser utilizado en ambos sentidos. Así, el escepticismo democrático procede de la función descriptiva del concepto: la democracia ha sido tan manoseada por las ideologías, los partidos, la corrupción y el poder económico que seguir creyendo en ella supone una fe realmente heroica.

Pienso, sin embargo, que donde el concepto de democracia alcanza su más auténtico significado es en su función estrictamente normativa. Los demócratas sabemos que democracia no es lo que hay sino lo que queremos que haya. Si decimos que Colombia es una democracia, no estamos diciendo, descriptivamente, que lo sea, como cuando decimos que el pasto es verde. Como concepto normativo, el de democracia es un concepto que brota de la función crítica de la razón humana. Por eso, en una democracia ningún ser humano es más importante que otro –normativamente–, aunque sabemos que –descriptivamente– hay algunos que sí lo son. La democracia nos defiende a todos, por eso la necesitamos.

Con ella no podemos ser ingenuos: descriptivamente, sabemos que es frágil, que puede estar enferma y que puede acabar rindiéndose ante cualquier impostura retórica. Pero normativamente sabemos que la necesitamos. Para defenderla y darle vida, lo único que se requiere es superar el escepticismo fatal de los profetas que creen no necesitarla, porque sin esa dimensión normativa del concepto de democracia fácilmente nos hundiríamos, como en Un mundo feliz, de Huxley, en una democracia que no lo es o en una dictadura que no lo parece.

VICENTE DURÁN CASAS S.J
* Departamento de Filosofía Pontificia Universidad Javeriana

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