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Un noviembre para la paz

Jueves 8 de diciembre de 2016
Columnistas
Alfonso Gómez Méndez

Alfonso Gómez Méndez

Un noviembre para la paz

Solo treinta y un años después fue oída la voz de Reyes Echandía y se formalizó en el Teatro Colón el cese de las hostilidades para que no siga la violencia con sus desastrosas secuelas.

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Este noviembre del 2016 pareció revertir una especie de tendencia de malos eventos para nuestro país, ocurridos en el curso de la accidentada historia del siglo XX. Algunos de esos luctuosos hechos tuvieron ocurrencia también en los alrededores de la plaza de Bolívar y afectaron al Congreso y a las cortes, hoy protagonistas importantes del proceso de paz firmado, por piruetas de la historia, en el emblemático Teatro Colón de Bogotá.

Un 9 de noviembre de 1949, el gobierno de Ospina Pérez, en medio de la violencia desatada después del Bogotazo (con esporádica y no prevista participación del estudiante Fidel Castro, como se lo contó a Arturo Alape), decidió cerrar el Congreso por un decreto de Estado de sitio con la peregrina tesis de que el funcionamiento del parlamento era incompatible con el mantenimiento del orden público.

Aparentemente, el liberalismo se aprestaba a hacerle un juicio político al Presidente por los terribles hechos violentos contra sus militantes. Fueron diez años, esos sí, de ruptura institucional, originada en un golpe de Estado palaciego. Al igual que ahora, se quería deslegitimar al Congreso.

Durante ese periodo no hubo separación de poderes, se produjo una elección presidencial con candidato único por falta de garantías para los liberales, se instaló una constituyente de bolsillo, de la que también hicieron parte lentejos del liberalismo; se incubó un golpe de Estado y se terminó con una junta militar de gobierno con cinco presidentes, caso único en nuestra historia política.

Y para poner fin a ese desmadre institucional, con el propósito de evitar que se siguiera aumentando la cifra de trescientos mil muertos por la violencia entre liberales y conservadores, se votó por primera vez un plebiscito, aprobado por más de cuatro millones de colombianos en 1957, aun cuando el pueblo no entendía exactamente cosas tan abstrusas como la paridad o la cooptación.

En otro noviembre, un 6 exactamente, pero de 1985, asistimos impávidos al holocausto del Palacio de Justicia. Un grupo terrorista se tomó el palacio con la estúpida pretensión de hacerle, qué ironía, como en 1949, un juicio al jefe del Estado, esta vez por el supuesto incumplimiento de los acuerdos de paz a los que se había llegado con el M19.

En la práctica, por la acción terrorista y la desproporcionada reacción de la Fuerza Pública se produjo la desaparición de la cúpula de una de las ramas del poder. El poder judicial 30 años después no se ha repuesto de ese golpe. Inútilmente, y ante la indiferencia general, el presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandia, pidió el cese del fuego para que no sucediera una hecatombe. Solo 31 años después, en un distinto noviembre, fue oída su voz y se formalizó en el Teatro Colón el cese de las hostilidades para que no siga la violencia con sus desastrosas secuelas.

Y hasta la naturaleza se ensañó otro noviembre contra Colombia: el 13 de ese mes y del mismo 1985, solo ocho días después de la tragedia de la justicia, la erupción del volcán Nevado del Ruiz acabó con Armero, la ciudad blanca, en un instante en que como dice la canción de Rodrigo Silva: “Dios miró para otro lado”. El hoy alcalde de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo, dos meses antes de la avalancha había hecho un debate en la Cámara de Representantes, advirtiendo lo que podía venirse. Nadie lo oyó.

En cambio, este 25 de noviembre parece que anuncia tiempos mejores para el país. La firma definitiva (ojalá sin más fe de erratas) de los acuerdos de paz, con el anuncio de su refrendación y pronta implementación, genera lo que Alberto Lleras llamaría “un nuevo amanecer para Colombia”.

El desarme de las Farc es, de suyo, a pesar de todas las complejidades que se nos vienen, la mejor noticia que nos ha podido caer en noviembre. Eso sí, cuanto antes, hay que despejar esos negros nubarrones que suponen los asesinatos de líderes sociales y comunitarios y de militantes de Marcha Patriótica. Si no se toman ya los correctivos, volveremos a los noviembres negros.

Alfonso Gómez Méndez

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