¿Crimen pasional o emergencia social?

¿Crimen pasional o emergencia social?

El país debe adoptar medidas de urgencia contra los violadores de niñas, los asesinos de mujeres, los alzados en armas que siguen teniendo el cuerpo de la mujer como botín de guerra.

25 de noviembre 2016 , 05:36 p.m.

Colombia vive una emergencia social reflejada en las cifras de violencia contra la mujer y la niñez. Es obligación del Estado declarar esta emergencia y enfrentarla ya. Este problema es el más grave que tiene el país, porque en las cifras atroces que reflejan esta tragedia se encuentra el germen de todas las demás violencias que se nos vendrán encima a nosotros y a las próximas generaciones. Allí está la raíz de una nación inviable.

El gobierno Santos no puede ir a recibir un premio Nobel de la Paz mientras no se demuestre que en el país se ha tomado la decisión de adoptar medidas de urgencia contra los violadores de niñas, los asesinos de mujeres, los alzados en armas que siguen teniendo el cuerpo de la mujer como botín de guerra. Para estos delitos sí se necesita una jurisdicción especial y cuerpos élites, y no excarcelaciones, ni rebajas de penas, ni indultos.

La situación es de tal magnitud que el pasado 8 de octubre, el compañero sentimental de una joven de 20 años y padre del niño de ambos, de 7 meses, la asesinó brutalmente con arma blanca en el oriente de Antioquia, y el país apenas si se enteró y con un titular que da vergüenza, publicado solo en el periódico paisa de circulación nacional: “La historia del crimen pasional que consternó a Marinilla”.

Está tan enferma nuestra cultura que todavía se habla de crimen pasional como si no supiéramos que esta expresión encierra toda una mentalidad machista de dominación contra la mujer. Como si viviéramos en el oscurantismo, como si no nos hubiéramos enterado de que el término jurídico correcto para este crimen es ‘feminicidio’ y que es preciso emplearlo para empezar a desmontar esa creencia perversa de que lo que mueve a un hombre a asesinar a una mujer es ‘el amor’, cuando de lo que se trata es de un homicidio agravado.

El 4 de marzo del 2015, por primera vez en la historia, la Corte Suprema de Justicia dictó sentencia por un feminicidio y fijó jurisprudencia al indicar que en escenarios donde hay una carga de dominación sobre la mujer y de subordinación, hay un agravante para el delito de homicidio. Esta primera sentencia por feminicidio se dictó contra un hombre que asesinó a su mujer después de una larga cadena de agresiones; la condena fue de 23 años de cárcel.

Es esta una de las tantas leyes que se vienen promulgando para combatir los abusos contra las mujeres, pero que necesitan de un despertar de la conciencia en hombres y mujeres, en medios de comunicación y en todas las instancias para que obliguemos a la justicia a proceder con rigor ante estos casos, en lugar de seguir haciendo la vista gorda.

En el periódico EL TIEMPO, en su edición del sábado 19 de noviembre, se cita un informe de la ONG Save The Children que da una cifra de 19.181 casos de violencia sexual contra menores de edad en el 2015. Y todos sabemos que en cerca del 90 % de estos casos, las mujeres son las principales víctimas. Esta es una emergencia social provocada por la mentalidad machista, que se hace evidente no solo en los crímenes y agresiones sexuales, sino en los pronunciamientos de ciertos sectores radicales cada vez que una institución intenta trabajar duro para desterrar tal machismo de los imaginarios de la población. Esto lo acabamos de vivir con la hoy exministra de Educación Gina Parody. A ella la callaron, pero los crímenes y abusos siguen aumentando.

Es urgente desterrar de nuestra cultura la asociación entre maltrato y amor (“porque te quiero te aporrio”). Es indispensable que en los hogares, las mujeres no enseñen más a sus hijas a aguantar por amor, a dejarse golpear por amor, a someterse por amor; porque no es cierto que quien te hace llorar es quien te ama. Es urgente que Colombia reaccione.

Y en medio de este horror una buena noticia, tampoco conocida: el antioqueño Alejandro Echeverri, arquitecto de la Universidad Pontificia Bolivariana, acaba de ganar el Premio Obayashi 2016, creado en Japón por la fundación que lleva el mismo nombre, para impulsar investigaciones interdisciplinarias que permitan el desarrollo de ciudades con estructuras urbanas más funcionales y más respetuosas de la cultura y el medioambiente.


Sonia Gómez Goméz

Columnistas

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