Eclipsada por la barbarie terrorista perpetrada en Bombay (India), la visita del presidente de Rusia, Dimitri Medvédev, a Cuba ha generado pocos comentarios en Estados Unidos.
No se perdió, sin embargo, el mensaje de Vladimir Putin a Barack Obama sobre la necesidad de respetar las respectivas áreas de influencia y reconocer el estatus de Rusia como "gran" potencia. También es evidente que en su esfuerzo por crear un mundo multipolar, Rusia multiplica sus fichas en el hemisferio de La Habana a Caracas a Managua a La Paz a Quito. Lo hace justo en el momento en el que E.U. está metido en tres guerras, el orden económico mundial se tambalea y el país estrena presidente joven e inexperto en temas de política exterior.
En principio, la apuesta de Cuba parece transparente. Como bien señaló Fidel Castro en sus "reflexiones" del 28 de noviembre en Granma, "Rusia, China y Venezuela son los tres pilares del intercambio comercial con Cuba". Lo irónico del caso es el aparente esfuerzo de los mandatarios de Rusia y Cuba por dejar atrás su borrascoso pasado. Culpar a la Unión Soviética por el fracaso de la revolución cubana sería, quizá, una acusación desproporcionada. Aunque habría que considerar que dado que en las casi cuatro décadas que duró el proceso de "rusificación" se definió la ruta política, económica y social de la Cuba socialista, el rencor parecería inevitable.
Un fracaso notable de la alianza cubano-soviética es la decisión de sostener el viejo modelo económico de exportación de azúcar que Cuba hereda de su época colonial y del cuál sólo modifica el destinatario. En vez de venderla a E.U. la colocan en la URSS a cambio de un elevado subsidio. También en cuestiones de política internacional se suceden los desencuentros entre los líderes de ambos países. El más notable surge por el apoyo cubano a los movimientos guerrilleros en América Latina y África. Singulares fracasos que conducen al aislamiento de Cuba no sólo en el hemisferio, sino en el resto del mundo y, lamentablemente, terminan orillando a la isla a una mayor dependencia de la Unión Soviética.
Justo sería mencionar que no todo lo que los soviéticos hicieron en Cuba fue un rotundo fracaso. Fuera por obra de los inescrutables caminos de la divina providencia o de la dialéctica del diablo, la realidad es que fue la crisis provocada por el aventurerismo soviético, al colocar misiles en Cuba, la que en octubre de 1962 facilitó la supervivencia de una revolución socialista en un país situado a 90 millas de las costas estadounidenses.
La invasión estadounidense a Grenada y la ofensiva de Ronald Reagan en El Salvador y Nicaragua en los 80 ponen en duda las certezas derivadas del 62 kennediano y obligan a Cuba a repensar los términos de una estrategia de defensa que hasta entonces confiaba en la solidaridad socialista y en el poderío militar soviético. Por esas mismas épocas, Cuba decide romper con el modelo de división de trabajo dentro del campo socialista y, venciendo todas las oposiciones, se aventura, por su cuenta, a desarrollar proyectos de alta tecnología en el campo de la biotecnología, los productos farmacéuticos y equipos médicos computarizados.
La semana pasada, curiosamente, las autoridades cubanas y rusas discutieron proyectos de trabajo conjunto en la exploración de petróleo en el Golfo de México, en desarrollos turísticos, en transporte y, por supuesto, en productos farmacéuticos que, de haber seguido el modelo impuesto por los soviéticos, Cuba no habría desarrollado.
Habría que suponer que los hermanos Castro son lo suficientemente viejos como para recordar las décadas de fiascos que les dejó el intento de forjar una íntima relación con una Unión Soviética, que tanto se parece a la Rusia de hoy.
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