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¿Sirven para algo los debates?

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La próxima semana se cumple la penúltima parte del ritual electoral estadounidense con la celebración del primero de tres debates entre los aspirantes a la presidencia de Estados Unidos, el demócrata Barack Obama y el republicano Mitt Romney.

Y aunque el uso del debate como un modelo de argumentación política no tiene su origen en Estados Unidos, desde hace muchos años forma parte esencial de la cultura cívica y política del país.
Circunstancia que ha provocado una profunda discusión acerca de su poder decisorio en una elección.

Para un sector muy amplio de comentaristas políticos es evidente que el desempeño de un candidato en un debate puede influir enormemente en la decisión de los votantes. El ejemplo que generalmente utilizan para reforzar su argumento es el del primer debate presidencial que tuvo lugar en Estados Unidos, en el año de 1960, entre el vicepresidente Richard M. Nixon y el senador John F. Kennedy. En esa ocasión, los candidatos presentaron sus propuestas y dirimieron sus diferencias en un programa de televisión transmitido a toda la nación.

Según la opinión de los estrategas políticos de la época, Nixon cometió un grave error al aceptar debatir con un joven senador que era muy poco conocido nacionalmente. Peor error fue que aceptara debatir en un momento en el que el vicepresidente lideraba en las encuestas y justo en un día en el que estaba enfermo. El calor de los reflectores, una barba sin rasurar y la deficiente aplicación del maquillaje en su rostro terminaron mostrando al vicepresidente derritiéndose en un mar de sudor.

Ese día, quienes vieron el debate por televisión pudieron visualizar a Kennedy como un joven inteligente, relajado, seguro de sí mismo y firme en sus convicciones enfrentado a otro hombre cuya imagen en la televisión era francamente patética. Hasta qué punto esta elección se decidió por el poder de la imagen sigue siendo un tema debatible, sobre todo cuando sabemos que la mayoría de los ciudadanos que oyeron el debate por radio opinaron que Nixon hizo una mejor presentación de sus argumentos.

Este debate no fue, sin embargo, el que mayor huella dejó en la historia nacional sino el realizado en siete episodios entre el republicano Abraham Lincoln y el demócrata Stephen Douglas, ambos candidatos al senado por el Estado de Illinois en 1858.
Siete debates que solo unos cuantos pudieron oír en persona pero que hoy siguen sirviendo como modelo para los jóvenes norteamericanos desde la escuela secundaria.

El tema central del debate entre Lincoln y Douglas fue la posición de los candidatos con respecto al tema de la esclavitud.
Concretamente, el tema para dilucidar fue si el enunciado constitucional que dice "Dios creó a todos los seres humanos como iguales" incluía a los esclavos negros. Douglas terminó ganando la elección. Pero lejos de condolerse por la pérdida y convencido de que la discusión del polarizante tema merecía mayor difusión, Lincoln recogió las versiones estenográficas del debate, las corrigió y las publicó como libro. Gracias a estos textos, no al debate perdido, Lincoln obtuvo visibilidad nacional y el premio vendría dos años después cuando, habiendo perdido una curul en el senado, pudo ganar la presidencia de la república.

Yo no creo que los debates tengan un carácter decisorio y menos en esta elección en la que las encuestas muestran que la mayoría de los votantes ya ha decidido por quien va a votar. Creo que solo una revelación grave e inesperada, o una reacción brutalmente equivocada de alguno de los candidatos ante un acontecimiento inesperado, podría influir en los pocos votantes que todavía permanecen indecisos, no el ambiguo resultado de tres debates al final de la carrera.

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