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Castro y Rubio

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Las peculiaridades del sistema electoral estadounidense, en el que el ganador de la elección presidencial no será quien obtenga la mayoría del voto popular sino quien gane 270 votos electorales, han determinado que en el 2012 cuatro estados de la Unión Americana: Colorado, Nevada, Nuevo México y la Florida y, por ende, los votantes hispanos en dichos estados adquieran un enorme peso político.

A la fecha, según la mayoría de las encuestas, la intención de voto de los ciudadanos en los cuatro estados favorece al presidente Barack Obama. Según los expertos, si Romney no gana el voto hispano en los tres primeros, difícilmente podría ganar la elección y si además lo pierde en La Florida, no hay manera de que obtenga los 270 votos electorales necesarios para ganar la presidencia.
Así las cosas, a nadie debe resultarle extraño que con la obvia intención de atraer el voto latino ambos partidos hayan recurrido a dos talentosos jóvenes latinos, el alcalde demócrata de San Antonio Texas, Julián Castro, y el senador republicano por la Florida Marco Rubio, para escenificar un papel estelar en sus respectivas convenciones.

Ambos son descendientes de inmigrantes muy pobres que vinieron a este país para labrarse un mejor porvenir, pero sus visiones del mundo son diametralmente opuestas. Rubio dice que el Estado debe hacerse a un lado y dejar que los individuos desarrollen su talento en un mercado libre, sin regulaciones, ni estímulos, ni subvenciones a nada ni a nadie. También se opone al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo. Castro piensa que sin inversión pública en educación, salud, entrenamiento laboral, transportación y sin regulaciones que defiendan a los ciudadanos del abuso de corporaciones y bancos se limitan en exceso las oportunidades para los pobres, la clase media y las minorías. Castro apoya el derecho de las mujeres a decidir qué hacer con su cuerpo en embarazos no deseados y el de las personas gays a casarse con quien quieran.

Independientemente de la afiliación política de ambos políticos o de las predilecciones partidarias de los hispanos, la comunidad latina entera debe sentirse orgullosa de su representación en ambas convenciones. Creo, también, que una vez decidida la elección y a pesar de las evidentes visiones encontradas, entre Castro y Rubio podría haber un puente de entendimiento en el tema que determina la identidad de la comunidad: la inmigración. Y sueño que si ambos asumieran sus respectivos liderazgos, la tan ansiada reforma migratoria integral, racional y compasiva podría convertirse en realidad.

Si este fuera el caso, los beneficiados serían no sólo los inmigrantes indocumentados sino los votantes hispanos, que verían ampliado su universo de opciones políticas y, por ende, el partido republicano, que parece no haberse percatado todavía de que su base política va disminuyendo y de que su futuro depende de su capacidad para atender la agenda de las mujeres y de todos los grupos minoritarios.

En la elección del 2008, el 70 por ciento de los latinos elegibles votaron por Obama y para el 2012, el 63 por ciento de ellos sigue favoreciéndole, mientras que apenas un 28 por ciento dice preferir a Romney. En el 2004, sin embargo, George W. Bush, quien durante ocho años luchó en favor de una reforma migratoria integral, obtuvo el 40 por ciento del voto latino.

Así las cosas, Rubio debe hacerle entender a su partido que su persecución de los indocumentados no solo ofende a la comunidad sino que representa una amenaza muy seria porque todos los latinos tenemos tío o un amigo o un padre o una madre a quien los republicanos quieren deportar. Si Rubio asume esta encomienda, estoy seguro de que a pesar de sus diferencias abismales, Castro y Rubio estarían en la misma trinchera.

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