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La pesadilla de Romney

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Mitt Romney, el candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos, tuvo una oportunidad de oro para explicarle a la comunidad latina cómo resolvería el futuro de los dreamers si llegaba a ganar la presidencia, y la desperdició lastimosamente.

En vez de enfrentar con decisión, valor e inteligencia el reto que unos días antes le lanzó el presidente Obama al ordenar al Departamento de Inmigración suspender la deportación y posibilitarles un permiso temporal de trabajo a los dreamers, la semana pasada Romney habló en la asamblea de Naleo, una organización que agrupa a la mayoría de los políticos latinos electos y nombrados a puestos oficiales, pero fue incapaz de articular una política coherente sobre los dreamers o sobre el tema migratorio en general.

Habló vaguedades y repitió el repertorio de lugares comunes sobre el tema, pero no dijo nada sustantivo. Afirmó, por ejemplo, que él enfrentaría el problema de los dreamers "de una manera civil y firme". La cita es textual e incomprensible. ¿Qué quiso decir con esto? ¿Que dispondrá deportaciones muy ordenaditas?

En otra parte de su discurso, sugirió que a él le gustaría que quienes han hecho su servicio militar o su posgrado en Estados Unidos permanecieran en el país, pero no explicó qué haría él, en concreto, para que estos dos tipos de migrantes se quedaran acá. Tampoco dijo qué haría con todos los otros. Los que tienen familia acá; los que se graduaron de la universidad o de la secundaria; los que llevan años trabajando en este país y nunca han tenido problemas con la autoridad.

A la fecha, Romney sigue sugiriendo una o dos ideas sobre el tema, pero no las desarrolla. Peor aún, su actitud denota una alarmante falta de interés en resolver el complicado asunto en forma humana y viable. Es cierto que en esta ocasión el candidato republicano evitó el discurso agresivo que lo ha caracterizado durante toda su carrera política, por ejemplo, el que usó contra sus oponentes en la primaria republicana del 2008, que de alguna forma mostraron un mínimo de compasión por los indocumentados.

En la primaria del 2012, Romney también habló duro y fuerte contra el gobernador de Texas, Rick Perry, por haber permitido en unos cuantos casos que algunos muchachos indocumentados pagaran la cuota de su colegiatura en una universidad estatal con tarifa para residentes del estado y no con la de quienes vienen del extranjero o residen en otro estado.

Con Naleo, Romney no articuló políticas, dijo boberías. Por ejemplo, le contó a la audiencia las peripecias del regreso de México de su padre, cuando tenía apenas cinco años de edad, pero no especificó que el abuelo salió huyendo para evadir el castigo por infringir las leyes norteamericanas en contra de la poligamia y encontró refugio temporal en aquel país. Tampoco aclaró por qué sacaba a relucir el tema. ¿Será que alguno de sus publicistas le aconsejó que cuando se presente con gente de origen mexicano exhiba por un instante sus 'casi raíces mexicanas'? Hasta ahora, lo tradicional era que los políticos que quieren el voto hispano llegaran a los barrios con mariachi y repartiendo tacos.

Lo evidente, en todo caso, es que Romney no acaba de entender que cuando un político demoniza a la comunidad indocumentada hostiga a una gran parte de la comunidad latina.

Obama no ha sido ni por mucho el presidente ideal para los latinos y su celo por deportar a gente que vino a trabajar y nunca cometió un delito es inexcusable. Pero la realidad es que no hay más de dónde escoger y la alternativa que Romney ofrece pinta mucho peor. Por ello, no queda otra que seguir con el que a último momento se acordó de nuestros hijos, y no arriesgarnos a elegir a alguien que seguramente sería peor.

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