Una montaña de aserrín

Una montaña de aserrín

La llamada ‘supremacía blanca’ es una historia antigua, pero por desgracia no enterrada.

06 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Las dos primas que han logrado huir ocultas en una carreta del gueto de Varsovia, donde han quedado sus padres, corren a esconderse en el entrepiso del desván de la casa del poblado de Milanowek apenas les dan aviso de que la Gestapo está muy cerca, tras la denuncia de una vecina de que allí viven de manera clandestina unas niñas judías.

La dueña de la casa las hace entrar en el entrepiso del desván que queda encima de la sala, coloca de nuevo las tablas del entarimado y luego echa encima una pila de aserrín.

Acostadas boca abajo en la más absoluta oscuridad, el aire escaso, pueden escuchar las voces violentas de los hombres que las buscan. La más pequeña termina por dormirse, y luego se orina, con lo que la mancha de humedad se extiende por el cielo raso. Si uno de ellos miraba hacia arriba, todo habría terminado.

El registro duró horas, y los nazis interrogaban una y otra vez a la dueña de casa y a su hijo, ya de vuelta de la escuela. Ambos seguían negando. Nadie más que ellos, y el padre, un arquitecto que se hallaba en el trabajo, vivían allí. En un momento, los policías encontraron la escalerilla del desván, subieron, voltearon los trastos viejos, pero no prestaron atención a la pequeña montaña de aserrín.

El fanático supremacista blanco que lanzó su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en La Rambla de Barcelona

Tardaron en irse, y al final anunciaron que volverían al día siguiente, pero con perros. La señora temía sacarlas del encierro, porque dudaba de que regresaran de improviso. Solo hasta que el arquitecto retornó, horas después, la pareja subió a ver si quizá habían muerto asfixiadas.

No se trata de la escena de una película de nazis, de las que se han filmado tantas. Es parte de las memorias de Sarita Giberstein, contadas a su hija Yanina y publicadas recientemente bajo el título ‘Una montaña de aserrín’. La mayor de las dos niñas encerradas en el entrepiso es ella. La otra es su prima Shifra.

Sarita nació en San José en 1934. Sus padres, León Giberstein y Dora Kukielka, emigraron a Costa Rica en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se establecieron luego en Puerto Limón, en la costa del Caribe, donde administraron una tienda, pero el negocio no iba bien, y Dora convenció al marido de regresar.

En 1937 estaban ya instalados en Varsovia. Se respiraba un perturbador aire antisemita. Y en septiembre de 1939 comenzó el infierno. Sarita, que tenía entonces cinco años, recuerda los bombardeos de la aviación nazi. Un mes después, las tropas de Hitler entraron triunfalmente. Luego vendría el gueto, donde ella y todos sus familiares fueron reconcentrados.

Conocí a Sarita, casada con el escritor Samuel Rovinski, cuando vivimos en Costa Rica, y al principio de nuestra amistad nunca imaginé que detrás de aquella mujer bella, talentosa y segura de sí misma hubiera una historia semejante. Cuando lo supe, y quise indagar, respondía a mis preguntas con reticencia, como si careciera de importancia. Y ahora, por fin, nos lo cuenta sin alardes de heroísmo, con esa virtud de narrar lo extraordinario como ordinario, que es lo que hace la verdadera literatura.

Es una historia antigua, pero por desgracia no enterrada. Los neonazis, a quienes tendemos a ver como esperpentos de carnaval, disfrazados con sus botas altas, uniformes grises y cruces gamadas, o los encapuchados del Ku Klux Klan, que forman otra comparsa del mismo carnaval, andan hoy por el mundo proclamando la ‘supremacía blanca’ y pregonando su cruzada purificadora no solo contra los judíos, sino también contra los negros, los latinos, los emigrantes del Cercano Oriente. Contra todos los que son diferentes. Los otros.

El fanático supremacista blanco que se lanzó con su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en La Rambla de Barcelona. Es el mismo odio transformado en arma letal. El mismo odio que llevó a Sarita y a Shifra, aquellas dos niñas perseguidas por el espanto de la muerte, a esconderse debajo de una montaña de aserrín.

SERGIO RAMÍREZ
 - www.sergioramirez.com

Columnistas

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