La república pendiente

La república pendiente

Pedro Joaquín Chamorro fue el opositor por excelencia de la dictadura, desnudando sus atrocidades.

11 de enero 2018 , 01:31 p.m.

Hace cuarenta años, una mañana del 10 de enero de 1978, el periodista Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por sicarios de la dictadura de Somoza. Iba solo, al volante de su propio vehículo, cuando los asesinos a sueldo lo emboscaron en un paraje desolado de las ruinas de Managua, destruida por el terremoto de 1972.

Una frase suya lo define como pocas: “Cada quien es dueño de su propio miedo”. Recibía constantemente amenazas de muerte porque en sus editoriales de La Prensa confrontaba al sistema somocista, que había desmantelado las instituciones y sometido el país a la violencia represiva, la abyección y la corrupción, que carcomía el andamiaje social.

Sus denuncias llevaban los nombres y apellidos de quienes se lucraban de negocios inmorales, la familia reinante a la cabeza, pues no había letra del alfabeto donde los Somoza no tuvieran empresas: desde el arroz de la A hasta la Z de zapatos, pasando por la X, que correspondía a negocios desconocidos. En la letra S se hallaba el más infame de todos, el de la sangre, que Pedro Joaquín no cesaba de denunciar. La compañía Plasmaféresis, de la que Anastasio Somoza Debayle era socio mayoritario, compraba la sangre a los menesterosos para exportar el plasma a los mercados extranjeros.

Se convirtió en la conciencia del país. Y tras su muerte, cada quien supo que también era dueño de su propio miedo, y que era necesario tomar conciencia del miedo para acabar con el miedo.

Se convirtió así en la conciencia del país. Y tras su muerte, cada quien supo que también era dueño de su propio miedo y que era necesario tomar conciencia del miedo para acabar con el miedo. Miles acompañaron su ataúd desde la morgue hasta su casa, miles más lo siguieron hasta el cementerio, y, llena de ese furor que acabaría destronando a la dictadura, la gente incendió Plasmaféresis y otros negocios de la familia. Una ola de fuego que ya nadie detendría.

Haber sido la conciencia del país, y el detonante de la insurrección popular con su muerte, es algo que la historia oficial le escatima con mezquindad. Es cierto que en 2012, la Asamblea Nacional lo declaró por unanimidad Héroe Nacional, pero en el santoral de la lucha revolucionaria no figura.

Colocarlo en el lugar que de verdad tiene en el desencadenamiento de la insurrección nacional significaría alterar el discurso publicitario que asigna papeles de acuerdo con los intereses de quienes hoy tienen el poder político. La deliberada exclusión de Pedro Joaquín esconde la verdad de que derribar la dictadura fue una gesta nacional en la que concurrieron nicaragüenses de muy diferentes tendencias, empezando por las tres en las que estuvo dividido el propio sandinismo.

Y en las calles y las áreas rurales, quienes juntaron esfuerzos, con las armas o sin ellas, eran marxistas, cristianos de la teología de la liberación y también cristianos tradicionales, socialistas, socialdemócratas, liberales, conservadores, socialcristianos y todos los que ansiaban vivir en un país libre y diferente. Conforme a esa base se integró el primer gobierno de la revolución.

Claro que se necesitaban cambios profundos, y que la revolución no era solo un trámite para seguir en lo mismo de antes. La consigna que guio la lucha armada hasta el final, de rechazar el somocismo sin Somoza, siempre fue justa e imprescindible. Y no hay duda de que el primero que la habría respaldado sería el propio Pedro Joaquín, quien llegó a tomar las armas veinte años atrás, cuando vio todos los caminos democráticos cerrados; fue el opositor por excelencia de la dictadura, desnudando sus atrocidades.

Quienes piensan que habría querido un cambio a medias se equivocan. Pero quienes piensan que ese cambio pasaba por establecer una sola ideología desde el poder también se equivocan. Siempre habría sido un fiscal implacable del ejercicio de las libertades públicas y de la institucionalidad democrática.

Si tantas veces le escuchamos decir que cada quien era dueño de su propio miedo, tampoco se cansó nunca de repetir que Nicaragua volvería a ser república. Y esa es una tarea aún pendiente.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

Columnistas

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