Historia negra, novela negra

Historia negra, novela negra

Este género sirve, como en ninguna otra literatura, para retratar las sociedades en que vivimos.

23 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Novela negra es el sinónimo más difundido, y preferido, cuando queremos decir novela policíaca, o novela criminal, o novela sobre policías y criminales; y como el ambiente en que la trama se desarrolla es generalmente oscuro, de bajos fondos, como el de las novelas del género en Estados Unidos en la primera mitad del siglo veinte, con clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, el nombre no le viene mal.

En este tipo de literatura, que la hay desde la de consumo rápido, para leer y tirar, hasta verdaderas obras de arte, el personaje resuelve los misterios que rodean un crimen y termina atrapando al hechor, la mayor parte de las veces debido a su
propio olfato profesional de sabueso.

Un detective protagonista de una sola novela negra no trascendería. Es su persistencia, a través de una sucesión de casos resueltos en distintos libros, que el detective logra convertirse en un clásico, como el inspector Maigret creado por George Simenon, el prototipo del investigador tranquilo y bonachón que debe rendir cuentas de sus ausencias a su esposa, y debe atrapar al criminal lejos de balazos y persecuciones espectaculares.

Un investigador clásico, que devela crímenes en Inglaterra o en Francia, parte en la novela de un supuesto de solidez institucional. Son policías honestos, respetan las entidades policiales a las que sirven, y responden ante fiscales incorruptibles y jueces probos. Y nada de golpizas a los prisioneros, para empezar. Todo lo contrario de América Latina, donde debemos partir de supuestos más bien contrarios. En este caso, la deuda es más con la novela negra de Estados Unidos, que con la europea, más cartesiana.

La novela negra se convierte en el espejo de la corrupción transnacional, como la alentada desde Brasil por Odebrecht, por ejemplo

Personajes como los detectives privados Sam Spade de Dashiell Hammett , o Philip Marlowe de Raymond Chandler, son ellos mismos sórdidos, marcados por el destino como perdedores, inclinados al alcoholismo, y con una visión cínica, o negra, de su propio oficio, y del mundo. Y deben enfrentarse a policías o jueces venales, capitalistas sin escrúpulos, y en general, al peso corrupto del poder.

En la novela negra de América Latina, los detectives, ya sea que trabajen para el Estado o lo hagan por su cuenta, deben moverse en aguas infectadas; y como la línea entre el bien y el mal apenas de distingue, tampoco ellos pueden tener clara su propia rectitud de conducta. Las instituciones están minadas por el poder del crimen organizado, y la policía y las estructuras judiciales han sido tomadas por el narcotráfico. Y los que quieren comportarse como héroes saben que lo hacen por su propia cuenta y riesgo.

Desde que se presentan en el lugar de los hechos, saben que todo huele a podrido, y que deberán marchar contra la corriente, abriéndose paso entre una maraña de trampas. Un camino que conduce al desengaño, y de allí al cinismo, como el zurdo Mendieta, el héroe, o antihéroe, de las novelas de Elmer Mendoza, cuyo teatro de operaciones es nada menos que el estado de Sinaloa, donde los carteles del narcotráfico son los que definen las fronteras de la ética.

Entonces el género sirve, como en ninguna otra literatura, para retratar las sociedades en que vivimos, como una nueva manera de realismo literario, más eficaz que cualquier otro. O una especie de naturalismo del siglo veintiuno, lo negro, lo sucio, lo descarnado, el albañal. La novela policiaca se convierte en un vehículo para contarnos cómo son los países en que vivimos, o para recordárnoslo.

La novela negra se convierte en el espejo de la corrupción transnacional, como la alentada desde Brasil por Odebrecht, por ejemplo; el tráfico de drogas, un negocio también trasnacional, la conversión a ojos vista de no pocos Estados de derecho en Estados fallidos, o en narcoestados. El pillaje descarado con los bienes públicos, el enriquecimiento ilícito, el dinero fácil, el fracaso de la ley y el arrinconamiento de la justicia al desván de los trastos inservibles. La impunidad.

Cada sociedad tiene la literatura que se merece, o la que necesita. En este sentido, no pareciera sino que la novela negra está destinada a reinar en América Latina.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

Columnistas

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