El supremo cronista del poder

El supremo cronista del poder

El doctor Francia de Roa Bastos pugna siempre por salir del sepulcro.

14 de junio 2017 , 12:00 a.m.

La vida de Augusto Roa Bastos, cuyo centenario de nacimiento celebramos este año, parece asunto de sus propias invenciones. Pasó su infancia en Iturbe, un poblado del Alto Paraná donde se hablan por igual el guaraní y el castellano, lo que le dio esa lengua escindida, o doble, que habría de marcar su escritura no solo en la tesitura verbal, sino también en su carga de tradición oral.

Su padre, Lucio Roa, llegó hasta allí a talar árboles para abrir aquellas tierras al cultivo de la caña de azúcar. Con sus manos construyó los pupitres donde Augusto y su hermana mayor, Rosa, se sentaban a recibir las lecciones que él mismo les impartía, una hora diaria después de la siesta de la tarde, porque nunca asistieron a la escuela pública.

Cuando se casó con Lucía Bastos se acercaba ya al medio siglo de vida, veinte años mayor que la esposa, con la que estuvo unido por otro medio siglo. Ella fue cómplice de Augusto para que aprendiera la lengua guaraní, prohibida por el padre, y lo introdujo en el mundo oral de las leyendas indígenas. Fue cuando aprendió que los árboles guardan dentro de su corteza seres silenciosos que se lamentan con quejidos lastimeros si son talados.

Su gran novela, y una de las grandes de la lengua, es, sin duda, 'Yo el Supremo', de 1974

Luego lo enviaron a Asunción para que siguiera sus estudios en el Colegio de San José, al cuidado de un tío suyo, el obispo Hermenegildo Roa. Fue cuando estrenó sus primeros zapatos. Vivir al lado de un pariente poderoso puede sonar a grato privilegio, pero, según le contó a Tomás Eloy Martínez, “tenía un solo par de medias y vivía muerto de hambre”, el más pobre entre todos los alumnos hacinados en un dormitorio comunal.

El padre había encargado su custodia para el viaje a una conocida suya que llevaba consigo un niño de pecho. Debían trasbordar de un tren a otro, con lo que debieron amanecer en la estación intermedia, donde había un inmenso cráter provocado por un estallido de explosivos durante una de las tantas revueltas militares. Y cuando en la oscuridad la mujer dio de mamar a la criatura, él se prendió al otro pecho; “la primera vez –dice– que tuve una sensación erótica”.

Esta escena pasó a las páginas de su novela 'Hijo de hombre', publicada en 1960, donde se relata la guerra del Chaco, que estalló en 1932 y enfrentó a Paraguay y Bolivia por la posesión de unos campos petroleros que nunca existieron. Atizando el conflicto estaban detrás la Standard Oil y la Royal Dutch-Shell.

En 1947 huyó del Paraguay cuando el gobierno del general Morínigo ordenó su captura, vivo o muerto, acusado de conspirador comunista. Lo buscaron en las oficinas del diario El País, donde trabajaba como redactor, y tras escaparse por la azotea pasó varios días escondido dentro de un depósito de agua vacío, hasta que pudo salir al destierro hacia Buenos Aires.

Escribió los cuentos de su libro 'El trueno entre las hojas', publicado en 1953, mientras servía como camarero en un hotel de parejas clandestinas. “El trabajo que hago no es exigente y me quedan muchas horas libres”, le dice en una carta a Tomás Eloy; “llevo bebidas a los cuartos y las parejas me dan propinas generosas. Cuando se van, recojo las sábanas y las toallas y las llevo a la lavandería...”.

Fue también empleado de una editorial de partituras musicales, guionista de cine y vendedor de seguros. Su exilio duró cerca de medio siglo. Ahora Paraguay vivía bajo el reinado del general Alfredo Stroessner, llegado al poder en 1954.

Cuando en 1982 se atrevió a regresar, el dictador lo expulsó del país acusado de tener “ideas bolcheviques”, iguales razones por las que décadas atrás lo había perseguido el general Morínigo.

Su gran novela, y una de las grandes de la lengua, es, sin duda, 'Yo el Supremo', de 1974, que retrata al doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el Karaí Guazú, Supremo Dictador Perpetuo de la República, llegado al poder al darse la independencia de España en 1811. Devoto de la Ilustración, convirtió al Paraguay en un sepulcro cerrado, sin mendigos ni ladrones ni asesinos, pero también sin enemigos, hacinados en los calabozos o en los cementerios. Yendo hacia el pasado, traza un relato contemporáneo de Stroessner, derrocado por fin en 1989.

El doctor Francia de Roa Bastos pugna siempre por salir del sepulcro. Es el astro central y absorbente de un sistema solar regido por la obediencia total. No nos hemos librado de su fantasma empecinado.

SERGIO RAMÍREZ
www.sergioramirez.com

Columnistas

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