El diablo en el cuerpo

El diablo en el cuerpo

En Nicaragua, una joven campesina fue quemada viva por el pastor de una iglesia y varios cómplices.

22 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Si alguien quiere imaginar un lugar remoto de Nicaragua, perdido en la incierta geografía de las selvas de la costa del Caribe, no hay mejor ejemplo que El Cortezal. Aquí fue donde literalmente el diablo perdió el poncho.

Y esta historia trata precisamente del diablo. Vilma Trujillo, una joven campesina del lugar, fue quemada viva el pasado mes de febrero por el pastor de la iglesia Misión Celestial, Juan Gregorio Rocha, y varios cómplices suyos.

Tras declararla poseída por el demonio, la encerraron amarrada de pies y manos en la casa pastoral, y así la mantuvieron durante seis días. No la liberaban ni para hacer sus necesidades fisiológicas, por lo que se defecaba y orinaba encima.

Entonces, mientras el pastor y los fieles oraban para librarla de Satanás, una de las devotas escuchó una voz: había que purificar a la endemoniada en la hoguera. Muy expedito, el pastor mandó a recoger leña. Amarraron a su víctima a un tronco, y antes de que amaneciera la lanzaron desnuda al fuego.

‘¡Ya se va a morir y va a resucitar! En cuanto se muera la metemos en la iglesia y la vamos a entregar a Dios y va a estar sana”, exclamaba el pastor. Moribunda, fueron a botarla a una cañada. Las quemaduras, que habían abrasado su piel y órganos vitales, le causaron la muerte.

En El Cortezal, donde no hay ninguna escuela, el pastor Rocha era jefe de policía, juez de instrucción, exorcista, director espiritual, carcelero y verdugo. Todos los vacíos del poder del Estado y del poder social en aquella remotidad los llenaba él solo. Y también fungía como juez moral.

Porque Vilma fue quemada bajo acusación de adulterio. Tenía el diablo en el cuerpo, y solo el fuego podía purificar su carne. Uno de los cómplices lo explica: “El demonio que se había apoderado de la mujer era de adulterio... tenía su compañero de vida y cometió error con otro hombre, y seguro Dios la castigó de esa manera y se endemonió”.

En El Cortezal, donde no hay ninguna escuela, el pastor Rocha era jefe de policía, juez, exorcista, carcelero y verdugo.

Y el marido de Vilma, Reynaldo Peralta, quien se hallaba haciendo trabajos agrícolas lejos de El Cortezal mientras duró el auto de fe, lo confirma: “Para mí, mi mujer no estaba endemoniada, lo que le hicieron fue una brujería, porque ella tomaba un remedio que le dio un hombre que la había violado, y desde que comenzó a tomar eso cambió un poco conmigo”.

Bajo el manto oscuro del fanatismo religioso, los jueces morales abundan, sean analfabetos o letrados. El demonio de la concupiscencia tiene preferencia por el cuerpo de las mujeres “locas de su cuerpo”, que pagan su delito moral en las hogueras en la Edad Media, como Vilma, o llevando la A de adúltera cosida al pecho, como en la sociedad puritana de Nueva Inglaterra en el siglo diecisiete. Es lo que narra Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata.

El Cortezal no es más que un escenario primitivo de la represión social que sigue viva en América Latina contra las mujeres transgresoras. Y el demonio continúa siendo el terrible pretexto de la represión contra las mujeres, que son las que abundan en ese imaginario perverso. De hombres quemados vivos por pecados de la carne, son pocas las noticias.

Uno de los jerarcas de las Asambleas de Dios, a la que pertenece la iglesia Misión Celestial, dice que se trató de “intervención demoníaca” y la situación se salió del control de los inquisidores; el pastor carecía de “conocimientos teológicos”, y su ingenuidad lo privó de buscar asesoramiento.

¿Qué clase de asesoramiento necesitan unos fanáticos para sacarle el diablo del cuerpo a una mujer indefensa? Para otro de los jerarcas, “lo que ocurrió ahí fue un exabrupto, un manejo inadecuado de la situación”.

Y uno más dice que la intención del pastor de la hoguera y sus cómplices de asesinato “era buena”. Sin embargo, se inmiscuyó “la extraña voz”.

La extraña voz que ordenó quemar viva a Vilma Trujillo. A lo largo de los siglos, la ignorancia de analfabetos y letrados sigue oyendo esa misma voz.

SERGIO RAMÍREZ​www.sergioramirez.com

Columnistas

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