Ayer es hoy, multiplicado

Ayer es hoy, multiplicado

Tras más de dos meses de siega en Nicaragua , la cuenta se acerca a 300 asesinados.

12 de julio 2018 , 12:00 a.m.

La tarde del 23 de julio de 1959 se produjo en una calle de León la masacre de estudiantes de la cual fui sobreviviente y que marcó mi vida para siempre, ejecutada por soldados del ejército de la familia Somoza.

Era una manifestación de protesta, y ya se disolvía cuando estallaron las bombas lacrimógenas, y a los primeros disparos de los fusiles comencé a correr. Me topé con la puerta de servicio de un restaurante. Subí a la segunda planta. Se oía el tableteo de una ametralladora, y seguían las descargas de los fusiles. Había tres niñas en una cama, aterrorizadas, en compañía de una empleada. “Estamos solas aquí”, balbuceó ella.

En absoluta inconsciencia me asomé por el balcón y vi a los soldados en tres filas: de pie, de rodillas y acostados en el suelo, los fusiles humeantes. El de la ametralladora, echado en la acera de la esquina. En el pavimento, los cuerpos desperdigados. Alguien me gritaba: “¡Una ambulancia!, ¡una ambulancia!”.

Pregunté a la mujer si había teléfono. No tenían. Un cura bendecía a un herido. Era norteamericano, según supe luego, se apellidaba Kaplan. En ese momento escuché la sirena de una ambulancia, pero los soldados no la dejaban pasar. Fernando Gordillo, mi amigo, envuelto en la bandera de Nicaragua, marchaba a media calle, ofreciéndole su pecho al pelotón.

La inmensa mayoría son jóvenes, y hay al menos 25 menores de 17 años. Como nosotros entonces. Y los heridos llegan a 1.500.

El recuerdo de Fernando envuelto en la bandera me parece un sueño. En ese momento el pelotón comenzó a retroceder en formación, sin voltearse. Erick Ramírez, mi compañero de banca en el aula de primero de derecho, estaba tendido en la calle, un orificio en la espalda. Me arrodillé a su lado para decirle que lo llevaríamos al hospital. Cuando lo volteé vi que tenía el pecho desflorado.

Subimos a los heridos y a los muertos en taxis y vehículos particulares para llevarlos al hospital. Allá, la confusión era grande. De pronto, me vi en la morgue. Descubrí a Erick y a otro compañero de banca: Mauricio Martínez. Los tres nos sentábamos juntos en la primera fila, los tres teníamos 17 años, y ahora ellos dos estaban desnudos sobre las losas, bajo el chorro de una manguera. ¿Cómo se entiende eso de la muerte a los diecisiete años? También lavaban los cadáveres de José Rubí y Erick Saldaña, estudiantes de medicina.

Un grupo nos fuimos a la Radio Atenas para hacer un llamado a donar sangre. Entró al estudio una patrulla encabezada por el teniente Villavicencio, compañero de aula también: no se podía divulgar la noticia de la masacre, ni pedir sangre.

Regresamos al hospital, y en el portón encontramos una caravana de seis ambulancias del Hospital Militar que enviaba desde Managua el presidente Luis Somoza. Venían médicos y enfermeras. En la primera ambulancia viajaba, al lado del chofer, el arzobispo González y Robleto.

Una multitud de estudiantes impedía a los médicos y enfermeras bajarse, y luego empezó el intento de empujar las ambulancias para voltearlas. No olvido la cara de terror del anciano arzobispo detrás del vidrio de la ventanilla. Tres años atrás había decretado funerales de “príncipe de la Iglesia” para el viejo Somoza, fundador de la dinastía.

El presidente de los estudiantes impuso la cordura. Al fin, las ambulancias pudieron irse. A la medianoche llevamos los cuatro ataúdes en procesión hacia el paraninfo de la universidad.

Cerca de la madrugada, Rolando Avendaño, estudiante de derecho, me propuso que hiciéramos un periódico dedicado a la masacre. Conseguimos unas viejas máquinas de escribir, y amanecimos trabajando en las notas. Se imprimió de manera clandestina en un taller tipográfico, y antes del mediodía circulaba con sus gruesos titulares en rojo.

Fueron cuatro muertos y más de 70 heridos aquella tarde. Hoy, tras más de dos meses de siega, la cuenta se acerca a 300 asesinados, cazados por francotiradores, ejecutados con un tiro en la nuca, tiroteados por paramilitares, quemados vivos dentro de sus hogares, aún niños de pecho. La inmensa mayoría son jóvenes, y hay al menos 25 menores de 17 años. Como nosotros entonces. Y los heridos llegan a 1.500.
Ayer es hoy, multiplicado.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

Columnistas

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