Señor Trump, el muro es urgente

Señor Trump, el muro es urgente

No creo que el muro frene a los malevos, putas y narcos, pero sí al subdesarrollo que nuestros dirigentes se empeñan en reiterar día a día.

02 de diciembre 2016 , 06:14 p.m.

¿Y si de pronto Trump tuviera algo de razón? ¿Y si tal vez no fuera tan delirante su idea de levantar un muro para tomar distancia de la plaga hispana que, del río Grande hacia el sur, se mata entre sí por miles, pero también se multiplica por cientos de miles y que expulsa a millones de los suyos por hambre, por abundancia de quimeras y escasez de horizontes? El muro puede servir no para alejar a los malevos, putas y narcos, sino para contener la peste del subdesarrollo.

En una frontera de más de 3.000 kilómetros, ya hay 1.100 con tapias y vallas (construidas por Bill Clinton), pero la paradoja está en que por el hueco restante Trump consiguió que, desde abajo, le exportáramos de contrabando otro par de productos que no inventamos aquí, pero que sí refinamos hasta increíbles niveles de absurdo: el populismo y la demagogia. Y sin eso, el buen Donald no hubiera llegado a la Casa Blanca.

Al mirar los hechos de los últimos días en varios puntos de América Latina y al hacer retrospectivas del pasado reciente, muy reciente, resulta asombroso que apenas ahora nos vayan a construir ese muro, y que el resto del mundo no haya buscado cómo aislarnos, pues en verdad somos hiperbólicamente perversos, por absurdos, por insanos, pero también por convertir la informalidad en un valor del folclor, por relativizar la ley para darle un sentido indulgente a la vida, por hacer de la exclusión una prueba terrenal que conducirá al cielo a la mayoría pobre, por asumir la corrupción de las dirigencias como un mal menor, reducir la cultura a un repertorio de bailes y aires populares, y el concepto de patria, a un asunto provisional en dos tiempos de 45 minutos con descanso de diez. Y por resignarnos a la muerte y a la violencia.

Todo lo anterior explica por qué luego de los insultos de Trump del año pasado, que hicimos propios todos los latinos pero que en realidad iban dirigidos expresamente a México, el presidente de esa nación, Peña Nieto, recibió al candidato gringo en agosto en su casa en Los Pinos. Así, como los mejores amigos. Y la semana pasada, Cementos Chihuahua, firma mexicana, expresó que ya que el muro va a ser un hecho, pues que ellos quieren construirlo. ‘Business are business’.

Y hay más, mucho más, para mostrar cuán delirante y disparatado puede ser este pueblo. Hace una semana murió Fidel Castro, el único ser humano que sin ser monarca gobernó un país 49 años seguidos e ininterrumpidos, con poderes omnímodos sobre la vida y la muerte.

Él se apropió de una isla, con la promesa de una revolución comunista que no duró ni unos meses, para derivar muy rápido en una tiranía que costó mucha sangre dentro y fuera, por la exportación de insurgencias a Colombia, a Nicaragua, a Angola, a Etiopía y al Congo; él le vendió al mundo el ideal de las violencias buenas y el hermoso sueño del poder por las armas, así como el clamor contra el colonialismo yanqui y su horrendo espíritu intervencionista, aunque su isla fuera un satélite de la Unión Soviética y él mismo tuviera licencia para intervenir en casi toda esta parte del mundo al adoctrinar y entrenar guerrillas. Él casi arrastra al planeta a una guerra atómica, y él, al sentirse enfermo, decidió dejar a su hermano menor en el puesto. Todo debe quedar en familia.

Los Castro, además, nos legaron el estrambótico experimento de Venezuela, donde Hugo Chávez pretendió ser el Fidel del siglo XXI y terminó llevando a esa tierra al descalabro económico y a la debacle social, con el agravante de convertirse en el mejor argumento para las corruptas y tradicionales derechas de que con ellas nos va menos mal. Algo hay entre manejar la economía bajo las inciertas fórmulas del BID y el Banco Mundial y las aún más inciertas fórmulas del ‘Dios proveerá’, que proclamó Maduro cuando le preguntaron sobre cómo llenar el hueco fiscal.

Volviendo a los nepotismos, Nicaragua eligió hace quince días a Daniel Ortega, quien ya llevaba una década en el poder (sin contar su primer periodo del 1985 a 1990), y se aseguró cinco años más, ahora con su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta. Es probable que Rosario sea candidata en 2021, con lo cual los Ortega podrían completar 25 años al mando.

Eso de confundir los asuntos de alcoba con los asuntos de Estado ya lo experimentó Argentina cuando en 1973 un maltrecho Perón decidió regresar a la presidencia con su esposa, María Estela Martínez, como vicepresidenta. Isabelita, como le decían, terminó gobernando casi dos años tras la muerte del hombre, y su fracaso devino en una horrenda dictadura militar de casi ocho años. Algo parecido reeditaron los Kirchner apenas hace diez en ese mismo país.

Lo más perverso de esta América nuestra es que estamos perdidos con las derechas o con las izquierdas. Este año, el péndulo de la desilusión se detuvo en Brasil cuando se destapó el escándalo de Petrobras y supimos que Lula da Silva, el que teníamos para mostrar ante el mundo, posiblemente se dejó untar la mano con ocho millones de dólares. Para completar, su amiga, la presidenta Dilma Rousseff, decidió nombrarlo ministro para que no se lo llevaran preso. No lo consiguió y terminó cayendo ella misma del cargo por otros torcidos (no los del fútbol, sino los de los manejos de las estadísticas y el dinero público).

Y la semana pasada, Perú abrió otro capítulo en nuestra historia oficial del cinismo, del desdén hacia la opinión pública, del ‘tapen, tapen’, cuando supimos que Nadine Heredia, primera dama hasta julio pasado, era la nueva directora de la oficina de enlace de la FAO, en Ginebra, y que tendría inmunidad por ser agente de Naciones Unidas; toda una burla a la justicia que le tiene varios procesos por cohecho y hasta por lavado de activos. Ante la andanada de críticas, Kuczynski, el presidente, tuvo que asegurar que lo de la FAO fue a sus espaldas.

Por favor, señor Trump, comience ese muro ya. Nos lo merecemos.


Sergio Ocampo Madrid

Columnistas

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