Farc, es hora de dejar la idiotez

Farc, es hora de dejar la idiotez

Despedidos de la guerra pero no aceptados en la paz, el único camino es comenzar a hacer política con todos los bríos.

31 de octubre 2016 , 01:24 a.m.

Yo pagaría por saber qué lecturas han hecho las Farc de todos los sucesos políticos y sociales del 2 de octubre hacia acá; qué tan claros les quedaron varios mensajes, qué errores y desatinos habrán admitido de los 52 años de vida insurgente, de los últimos cinco, desde que llegaron a Cuba, y del mes y medio que hubo entre el anuncio oficial en La Habana, sobre el punto final al acuerdo, y el golpazo violento de ese domingo, con los resultados adversos del plebiscito. Y, qué tanta lucidez tienen para enfrentar el reto formidable que se les viene encima, sea en paz o sea en guerra.

Porque de todos los actores que intervinieron en este triste capítulo del proceso de paz, creo sin dudarlo que ellos quedaron en el peor de los mundos. Santos y el sistema van a seguir ahí, quizá maltrechos, gobernando las mismas resignaciones, el acostumbramiento a la inequidad, los eternos estándares de desprestigio, la inercia social de un país con una buena macroeconomía y veinticinco millones de pobres. Santos inclusive será expresidente y futuro conferencista mundial por su premio Nobel. Hasta podrá gritar a los cuatro vientos que apostó su capital político por aclimatar este país y parar la guerra, pero muchos colombianos y la confluencia perversa de circunstancias y de personajes infames no lo permitieron.

Uribe ganó, pero tuvo que mostrar todas sus cartas, incluidas las de las estrategias más ruines, y por eso su triunfo es importante pero tiene matices y alertas, pues mientras el No es una coalición de intereses coyunturales, y hasta oportunistas, el sí, en su heterogeneidad (izquierda doctrinaria, clases medias urbanas, voto independiente), es un bloque cerrado y rotundo de antiuribismo que se unirá contra él siempre que sea necesario. Y la responsabilidad, adentro y afuera, por los muertos si vuelve la guerra, recaerá sobre él.

¿Y la guerrilla?: en la mitad de todas las incertidumbres. A ellos los entusiasmaron para ir a la fiesta y los dejaron plantados; no los admitieron en la paz, pero tampoco pueden volver a la guerra. Y no pueden porque ya se despidieron de ella, ya celebraron en los Llanos del Yarí con el cierre de un ciclo y se entusiasmaron con entrar en política; ya pidieron perdones y admitieron que causaron dolor; ya fueron excluidos de la lista del terrorismo por la Unión Europea; ya dijeron que no quieren volver a la lucha. Su opción de reiniciar el conflicto es inadmisible y hasta suicida porque se hicieron visibles, porque en cinco años debieron entregar mucha información, por el mensaje a una tropa que ya se predispuso a acometer nuevas tareas, por la moral de esa tropa…

Yo solo espero que ahora estén haciendo las lecturas correctas de lo que pasó el 2 de octubre y de lo que viene. Por décadas, creyeron representar las expectativas y desencantos de millones de excluidos; pues bien, esos millones no salieron a las urnas y tal vez nunca salgan, y menos a votar por ellos. En todo ese tiempo, la guerrilla culpó a las oligarquías empresariales y responsabilizó a los medios masivos de desfigurar su imagen, que además consideraban injustificada; pues bien, esos empresarios y esos medios, en su mayoría, le apostaron a pasar la página, haciendo de lado tanta barbarie patente, y a respaldar su inserción en la democracia.

Las Farc llevan más de tres décadas sin hacer política, y desaprovecharon los cinco largos años del proceso de paz para empezar a hacerla, porque desde cuando llegaron a Cuba su actitud fue desafiante, altanera. Es verdad que no llegaron derrotados, ni fueron a someterse, pero de lejos, muy lejos, no eran ganadores y ni siquiera la parte más fuerte en la mesa. A estas alturas, es claro que el “quizá, quizá, quizá…” de Jesús Santrich, ante la pregunta de si iban a pedir perdón a las víctimas, les restó y les restó mucho. Como les resta esa actitud agresiva del abogado español Enrique Santiago cada vez que habla y apela a los rencores históricos en lugar de las apuestas futuras.

Inclusive la petición de perdón de Timochenko en Cartagena, durante la firma del acuerdo, dejó un sabor agridulce por la intención evasiva de los verbos escogidos, imagino yo, a conciencia: “ofrezco perdón… por el dolor que hayamos podido causar”. El verbo “ofrecer” generó el debate, pero en lo personal me parece más grave el uso dubitativo y eventual del “hayamos podido”.

Qué diferencia la actitud de estas Farc con la del M-19, hace 26 años cuando hicieron su proceso de paz. Ellos llegaron a la mesa sin humillaciones pero sin ínfulas ni prepotencias, en la postura de “queremos corregir errores; queremos participar”. Y casi de inmediato, en las elecciones, obtuvieron por votación el 27 por ciento de la Asamblea Constituyente, lo cual significó 19 delegados de la totalidad de 70.

En ese limbo fatal en que quedaron las Farc luego de la victoria exigua del No, y despedidos de la guerra pero no aceptados en la paz, el único camino es comenzar a hacer política con todos los bríos, con toda la imaginación y asumiendo riesgos, y no me refiero a aceptar ir a la cárcel o renunciar a su derecho a participar, dos puntos que me parecen claramente innegociables. Me refiero a comenzar a enviar señales muy fuertes que disminuyan las suspicacias hacia ellos, y desvirtúen la terrible propaganda negra de la ultraderecha. Hablo de gestos contundentes en cuanto a reparación real a las víctimas, de entrega rápida y total de menores combatientes, y en particular de algo que despedazaría el argumento tramposo de que Colombia se puede volver Venezuela, esto es una declaración audaz e inesperada para poner distancia con el gobierno de Nicolás Maduro, a todas luces hoy un experimento fracasado y una dictadura abyecta en el país vecino. En su momento, un candidato de izquierda como Mauricio Funes, en El Salvador, comprendió que alejarse de Chávez era necesario; lo mismo hizo Humala en Perú, y Pepe Mujica en Uruguay. Y a los tres les convino ese rompimiento, que luego confirmaron en sus respectivos gobiernos.

¿Es pedir mucho? No creo; es entrar en la 'realpolitik', para apelar al concepto de Bismarck.

SERGIO OCAMPO MADRID

Columnistas

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