¿Colmenares descansa en paz?

¿Colmenares descansa en paz?

El fallo de un juez hay que acatarlo, pero se puede cuestionar. Hay derecho a la 'duda razonable'.

01 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Terminó el proceso de Luis Andrés Colmenares, por ahora. Jessy Quintero y Laura Moreno no ocultaban nada, porque al muchacho nadie lo mató. La culpa la tuvieron los bomberos, porque no hicieron bien su trabajo y no buscaron el cuerpo esa madrugada del primero de noviembre. La culpa la tuvo Máximo Duque, el forense, que hizo un montón de chambonadas con el cadáver en la segunda autopsia. La culpa la tuvieron Luis Alfonso Colmenares, el padre, y Oneida Escobar, la madre, porque se les metió tercamente en la cabeza que a su hijo lo asesinaron. Eso es lo que se desprende del fallo de la jueza Paula Astrid Jiménez, entregado el martes.

Un día después expresé una opinión en Facebook acerca del malestar que producía ese veredicto, no tanto por la inocencia de Jessy y de Laura, sino por la conclusión incontrovertible y tajante de que todo fue un accidente. Algo como que Luis Andrés murió porque se le fue la mano en tragos, los mezcló con una bebida energética y se ofuscó al ser rechazado por Laura. Entonces se tiró al caño de El Virrey, se golpeó en la caída y se ahogó. Y su cuerpo fue arrastrado por el cauce, hasta quedar varado en un túnel, cincuenta o cien metros más adelante.

De inmediato, varios ‘doctores’ (en Colombia los juristas son doctores) me llamaron ignorante y atrevido porque se notaba que no leí el expediente y que no tenía idea de técnica y procedimiento penal. Más allá de la arrogancia congénita de muchos abogados por ver su oficio como un asunto superior, esotérico, con un metalenguaje al que solo pueden acceder algunos elegidos, y restringir así la opinión a un círculo sagrado sobre lo que es justo y lo que no lo es, quedó la amenaza de que no se puede chistar ante un fallo judicial. ¿La sentencia de un juez es incuestionable?

Yo creo que no. Aunque haya que acatarla, creo que se puede cuestionar, y lo veo además como un valor si se considera injusto lo fallado. Giorgio Agamben, en el ensayo 'Lo que queda de Auschwitz', se atreve a afirmar que “el Derecho no tiende en última instancia al establecimiento de la justicia. Tampoco al de la verdad. Tiende exclusivamente a la celebración del juicio, con independencia de la verdad o de la justicia. Es algo que queda probado más allá de toda duda por la fuerza de cosa juzgada, que se aplica también a una sentencia injusta”.

Entonces, ‘legal’ no es un sinónimo automático de ‘justo’. Y el Derecho, por más que lo deifiquen, no es el único elemento totalizador de la verdad, pues existen muchas otras formas de aproximarse a la reconstrucción de los actos humanos, desde la religión hasta la literatura, pasando por el periodismo, la historia, la sociología, la antropología y, en general, las ciencias, exactas y no tan exactas.

Adicionalmente, creo que existe un derecho a la suspicacia, a la sospecha; es la ‘duda razonable’ de este lado, de los ciudadanos; mucho más al hablar de un caso que se tardó cinco años, que estuvo envenenado, interferido, manipulado, que tuvo vistazos parciales, verdades a medias y revelaciones sobre las que quedan dudas, como la desaparición de la ropa que llevaba Andrés cuando falleció, o las charlas telefónicas de varios de los amigos presentes esa noche de fiesta, o la presunta conversación de Jorge Moreno, padre de Laura, en la que asegura: “Laurita es inocente, pero ella sí sabe quién fue”.

Fue un proceso con nueve fiscales, tres jueces diferentes y con una sentencia paralela del Tribunal Superior de Bogotá que absolvió en el 2014 a Carlos Cárdenas, por insuficiencia de pruebas, pero hizo claridad expresa de que lo de Luis Andrés fue un homicidio. Se alegará que son dos pleitos distintos, con indicios, testimonios y circunstancias específicas, pero la conclusión final es irreconciliable y excluyente.

Hay un libro de José Monsalve que varios amigos escritores y periodistas me han recomendado leer “porque deja claro que sí fue un accidente” y que se ha convertido como en una absolución para Jessy y Laura desde el periodismo. Semana publicó un capítulo “clave” en el que se narran los tristes hechos de ese Halloween.

Cotejando ese texto con el fallo de la jueza y con la entrevista al antropólogo forense español Miguel Botella, en Blu Radio, es absolutamente creíble que Luis Andrés se haya arrojado al canal, que se golpeó la cara, que perdió la conciencia y se ahogó, que los bomberos hayan sido negligentes pues no buscaron en el interior del túnel, que Máximo Duque haya hecho un peritaje muy chambón (ya tendrá que defenderse), y hasta que existe un desnivel en el caño justamente debajo de la 15, donde el cadáver paró. Lo que me sigue sonando problemático es cómo un cuerpo de casi 80 kilos fue arrastrado media cuadra, una cuadra, dos, por una corriente que casi todo el tiempo es escasa. Se dice que llovió duro ese día, y así fue. Pero justamente en el libro de Monsalve se cuenta que Laura Moreno bajó al caño un rato después de que saltó Luis Andrés, a buscarlo.

Según el relato, el agua le llegaba hasta los tobillos. A los tobillos. Cuando Colmenares saltó, o se cayó, la corriente iba crecida y cuando Laura se metió, ya solo llegaba hasta los tobillos...

Luego de transcurridos seis años de la muerte, y cinco del pleito, ese veredicto de que todo fue un mero accidente deja un extraño sabor, y hasta una cierta sensación de que va contra la lógica: el más absurdo de los accidentes, en el más absurdo y sórdido de los procesos. Se acata el fallo, pero se reserva uno el derecho a la desconfianza.

Cuando la justicia no opera, o actúa con tanta demora, con un exceso de tretas y mañas, se deja el camino allanado para la violencia, para la virtual, la de las redes sociales, que reclaman ciega venganza, o para la violencia real, contra la que el señor Luis Colmenares, padre de Andrés, demuestra tener un feroz conflicto interior; una lucha entre su tradición cultural y su ancestro y la creencia en la civilidad y la majestad de la ley.

En últimas, ese es el mensaje profundo en todo este caso, que adquiere dimensiones enormes en un momento de correcciones históricas y pacificación: ¿cómo dar el salto de una Colombia premoderna, rural, primitiva, a una urbana, moderna, civilista? Con una justicia que cojea, se demora, se tuerce, no llega, es impensable la paz.

Esperemos a ver qué dice el Tribunal Superior.


SERGIO OCAMPO MADRID

Columnistas

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