Días de recordación y reflexión

Días de recordación y reflexión

¿Cómo es posible que en Estados Unidos los conflictos armados se hayan convertido en algo “normal”?

29 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Este fin de semana, Estados Unidos se fue de juerga y de compras con el pretexto de la recordación en el Día de los Caídos, y aunque hubo, por supuesto, familiares que recordaron a sus muertos visitándolos en cementerios, el mensaje inequívoco de que en la guerra se sacrifican vidas humanas inútilmente estuvo ausente.

La conmemoración se originó poco después del fin de la Guerra Civil, una conflagración en la que murieron 625.000 soldados de ambos bandos. En los estados del Norte se celebró como una victoria, en los estados del Sur como reafirmación del supremacismo blanco.

Esta guerra, como afirma el historiador literario Edmund Wilson, también le dio forma a la literatura estadounidense, “Mi triunfo duró hasta que los tambores dejaron solos a los muertos”, escribió Emily Dickinson; “Los muertos, los muertos, los muertos –nuestros muertos– Norte o Sur, nuestros todos”, escribió Walt Whitman implorando por la reconciliación nacional.

Sin embargo, la propensión estadounidense al conflicto armado no empezó en el siglo XIX sino doscientos años antes, cuando los primeros europeos masacraron las naciones indígenas para despojarlos de sus tierras. De entonces a la fecha, Estados Unidos ha peleado en medio mundo contra medio mundo.

EE. UU. perdió la guerra en Vietnam, pero no sin antes sacrificar a más de 58.000 jóvenes.

La muy breve guerra entre Estados Unidos y España, en 1898, transformó al país americano en potencia mundial: se adueñó de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, y ratificó el colapso definitivo del imperio español. En Filipinas, la guerra de resistencia que duró varios años y costó la vida a más de 4.000 soldados norteamericanos y un número indeterminado de filipinos.

Su crueldad inspiró a Mark Twain a escribir un ensayo fundamental en el que reconocía las atrocidades del ejército americano contra la población filipina y sugería que “para la nueva bandera filipina solo abría que pintar de negro las barras blancas, y en vez de estrellas colocar calaveras y huesos cruzados”.

Las razones de Estados Unidos para justificar su involucramiento en la Primera Guerra Mundial, en la que murieron 53.000 soldados americanos, más allá de la consolidación de su incipiente imperio, son opacas. Se pretextó el uso de submarinos alemanes contra barcos estadounidenses y también, sin recato alguno, se argumentó que en 1917, cuando México estaba en plena guerra civil, este podría aliarse a Alemania para invadir Estados Unidos.

El saldo de muertos en la Segunda Guerra Mundial es, hasta ahora el más elevado, 290.000, pero si ha habido una guerra que justificara el sacrificio de vidas humanas, esta sería, sin duda, la comandada por Franklin Delano Roosevelt.

En la guerra en Corea murieron más de 35.000 americanos y al firmarse el armisticio, en 1953, el 50 por ciento de los estadounidenses entrevistados por Gallup pensaban que la guerra no había sido un error, pero tampoco un acierto.

La oposición popular a la intervención militar en Vietnam fue el primer movimiento masivo contra la guerra en la historia del país. Estados Unidos perdió la guerra, pero no sin antes sacrificar a más de 58.000 jóvenes norteamericanos. Y en lo que va del siglo XXI, la lista de soldados muertos sigue aumentando en dos guerras que no parecen tener fin, 2.500 en Afganistán y 4.000 en Irak.

Con este trágico historial, en este Día de los Caídos cabría reflexionar sobre las consecuencias de la guerra y preguntarnos cómo lo ha hecho el teniente coronel retirado del ejército estadounidense, y profesor en la Academia Militar y en Princeton, Andrew Bacevich, ¿cómo es posible que en Estados Unidos los conflictos armados se hayan convertido en algo “normal” y la guerra se haya vuelto una condición permanente? Y, sobre todo, ¿Cuándo terminará la guerra en el Oriente Próximo en la que el país está metido desde 1980?

SERGIO MUÑOZ BATA

Columnistas

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