Contra el discurso de odio

Contra el discurso de odio

El lenguaje que ofende, amenaza, o insulta a grupos de personas por su raza, color, religión, origen nacional, orientación sexual o discapacidades es una afrenta a las reglas de convivencia civilizada.

12 de diciembre 2016 , 06:01 p.m.

Entre las muchas incertidumbres que nos deja la elección de Donald Trump, una de las más preocupantes es su manera de hablar, y las consecuencias o secuelas que tiene oír al presidente electo utilizar ese lenguaje irrespetuoso, vulgar, plagado de mentiras obvias e insultante.

Con Trump ha sucedido un fenómeno inexplicable que la reportera Selena Zito fue la primera en notar. Mientras la prensa examinaba literalmente las declaraciones más extravagantes de Trump y lo hacía sin tomarse muy en serio al candidato, sus seguidores seguían el camino inverso, tomándose muy en serio al candidato, pero sin interpretar literalmente sus disparates.

¿Debemos tomar en serio lo que dice? ¿O debemos sobreentender lo que quiere decir y no tomar sus palabras literalmente? Por ejemplo, cuando dice que el informe de la CIA que afirma que Rusia intervino en la campaña electoral para favorecer su candidatura es “ridículo”, ¿debemos tomar en serio al presidente electo y disculpar el uso del adjetivo no tomándolo literalmente? ¿Cómo sabremos cuándo creerle al presidente electo si no tomamos sus palabras literalmente?

Lo más grave del discurso trumpiano, sin embargo, es que a un sector de la población le empiece a parecer normal y saludable hablar como Trump. Recién concluida la elección, al término de una conferencia para celebrar el triunfo de Trump y promover un Estado nacionalista-blanco en Estados Unidos, un neonazi llamado Richard Spencer terminó su discurso con un “hail, Trump”, mientras los participantes, de pie, repetían la arenga haciendo el saludo nazi. Según Spencer, lo importante es “ ‘normalizar’ lo que ustedes llaman ‘racismo’ ”.

Esta “normalización” del racismo no solo está sucediendo en EE. UU. Según el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad al Hussein, “la retórica de las medias verdades y las simplificaciones excesivas alimentan prejuicios y fomentan la persecución... la retórica llena de odio ya forma parte del discurso consuetudinario de grupos neofascistas, nativistas y supremacistas blancos en Estados Unidos y Europa”.

En Alemania, el país que con mayor rigor ha expiado su atroz pasado, una legisladora ya advirtió sobre la amenaza de una Umvolkung o ‘conversión étnica’ de la identidad alemana por el arribo de refugiados. Umvolkung fue una palabra popularizada durante la dictadura nazi.

En Holanda, el líder nacionalista Geert Wilders acaba de ser declarado culpable de insultar y discriminar a los marroquíes al pedirles a sus seguidores que impidan su emigración al país.

Trump, Spencer, la legisladora alemana y Wilders alegan que su discurso está protegido por la libertad de expresión, sin considerar que el lenguaje que ofende, amenaza o insulta a grupos de personas por su raza, color, religión, origen nacional, orientación sexual o discapacidades es una afrenta a las reglas de convivencia civilizada.

Es cierto que en Estados Unidos la primera enmienda de la Constitución protege el discurso y el sentimiento neonazi, pero en Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Sudáfrica, Australia e India, y otros países, se respetan las convenciones internacionales que prohíben el llamado discurso de odio. En Canadá, Alemania y Francia, negar el Holocausto es un acto criminal.

Concuerdo con los países que prohíben el discurso de odio, pero dejo la última palabra a Jorge Luis Borges, quien en los 40 escribió este memorable texto: “La palabra ‘problema’ puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del problema judío es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg”.

Sergio Muñoz Bata

Columnistas

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