Al rescate del güevero
Por: ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO | 7:51 p.m. | 27 de Noviembre del 2011
He sido un analfabeto del fútbol. Lo practiqué hasta los 25 años con sospechoso éxito. Lo suficiente para disfrutarlo. Lo mismo diría del ajedrez. No sé hacer empanadas, sé dónde venden las mejores.
No me desvelan tácticas ni estrategias. Tampoco me interesa saber cómo hacen sus trucos los magos. Un conejo que sale de un sombrero es un conejo que sale de un sombrero. La razón de la sinrazón.
Programa de televisión que revele intríngulis de la hermandad de la magia jamás me tendrá entre sus parroquianos. Entiendo el fútbol como si fuera magia pura.
Los cronistas deportivos que utilizan tableros y muñequitos para interpretar ese deporte que les da de comer, ¿a qué horas lo disfrutan?
Como jugador, ocupaba una plaza que en la burocracia balompédica se llamaba güevero. Ignoro qué María Moliner de barrio nos bautizó así.
También hacía aportes como interior derecho, expresión desaparecida de la jerga deportiva. O daba una mano como mediocentro o defensor. (Nos turnábamos en el noble oficio de aguateros: dar de beber al sediento). Prestábamos servicio militar futbolístico en todas las posiciones.
La franja izquierda siempre me fue esquiva. Mi pie izquierdo fue un turista más en los peladores del fútbol. Nada hay de Messi -ideólogo de la pierna izquierda- en mi hoja de vida. No he sido de izquierdas. He sido marxista línea Groucho, no Carlos. Tengo más de payaso que de ideólogo.
Como jugábamos por amor al arte, para nadie, para el olvido, mejor dicho, para nosotros mismos (la caridad entra por casa), en cualquier plaza nos sentíamos cómodos, felices.
Lo importante era darle patadas al balón hasta quedar exhaustos. Los partidos terminaban en el sueño, el mejor invento. (El segundo es la mujer).
El güevero, feo voquible que evoca colgantes presas masculinas, era el funcionario que siempre andaba infiltrado, respirándole en la nuca al portero, atento al mínimo desliz para pescar en el río revuelto de sus lapsus.
Nos trataban mal a los hueveros, como nos dice Mario Alario en su Lexicón. En la escuela ni nos saludaban. El cura se excedía en penitencia. Éramos sinónimo de oportunistas, palabreja que desacredita cualquier biografía. Pero éramos la sal del cuento, imprescindibles como los tercetos en un soneto. Sin nosotros no había goles. Dábamos la puntada final. La historia ha sido tacañísima con nuestro gremio. Esperamos estatua.
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