Sobre grafitis y grafiteros
Por: ÓSCAR COLLAZOS | 3:56 p.m. | 31 de Agosto del 2011
La muerte del joven grafitero Diego Felipe Becerra de un disparo por la espalda debería ponernos a pensar en la dignidad expresiva de los grafitis. Hay que decir y repetir, mientras se esclarece esta muerte absurda, rodeada por inconsistentes versiones de la policía, que quienes se dedican a esta actividad no son delincuentes.
A fines de los años 80, el voraz mercado del arte pretendió comercializar la producción de grafitis. En Nueva York se hicieron algunos intentos y llevaron a algunos "artistas" callejeros a los santuarios especulativos de galerías del mundo. Se trataba, sin embargo, de una moda pasajera.
La operación mercantil, además de efímera, estaba condenada al fracaso. El grafiti callejero, cuando es bueno, ingenioso y retador, es una expresión libre e innegociable, con más valor artístico y expresivo que económico. No exige derechos de autor; reclama el derecho a ser visto y leído. Nace de lo "prohibido" y se renueva a medida que evoluciona la sensibilidad de la época.
Los grafitis son fundamentalmente nocturnos. Por eso, el riesgo de escribirlos, pero no hay grafitero que no tenga un plan de "ataque" y un plan de huida. Concebidos individualmente o en grupo, los grafitis no tienen un tema preferido. Todos los temas tienen cabida en los muros: la política, las costumbres morales, la sexualidad, el poder, la autoridad y el sarcasmo, la estética del barrio, la perversión y la inocencia. King Kong o El Gato Félix, por ejemplo.
A principios del siglo XX, el arquitecto austríaco Adolf Loos dijo que "se puede pulsar la cultura de un país en la medida en que están garabateadas las paredes de los retretes". Habría que decir que, a lo largo del siglo XX, los grafitis pasaron del retrete a los muros callejeros, expuestos a la mirada ciudadana. El "asalto" a estos muros fue un "asalto" a mano alzada pero nunca un asalto a mano armada, como probablemente supuso el policía que disparó contra Becerra.
El grafiti existió desde el momento en que alguien encontró un muro vacío y dejó en él las huellas de un sentimiento inconfesable, de una rabia, de un deseo reprimido, de palabras e imágenes expuestas a la mirada colectiva. En muchos sentidos, los grafitis hacen parte del diálogo democrático.
No hay mucha distancia entre las confesiones íntimas y la obscenidad que se expresa en pintadas en las que la letra está apoyada por el garabato y el garabato por la letra que lo ilustra. La sensibilidad gótica de los jóvenes de nuestros días llena las ciudades del mundo. Los grafitis hablan de lo que se repudia y de lo que se desea. Son, a veces, poesía del instante. Me imagino la carga de adrenalina del grafitero: tiene que terminar su obra y huir.
El deseo de escribir o pintar un grafiti no es siempre repentino. Puede obedecer a un ejercicio de la imaginación, al ensayo de una frase o un dibujo. El acto final es la ejecución de la obra, no una sino muchas veces, pues ya el grafitero decidió hablarles a sus contemporáneos en la superficie de los muros.
El diálogo de los grafitis transgrede los límites de lo permitido, pero no alcanza a ser un acto delictivo. Es, a duras penas, una contravención, una falta, de sanción leve. Por eso es "falta" tolerada en las sociedades democráticas; en las que no lo son, el grafiti puede volverse subversivo.
"Los muros tienen la palabra", se dijo en mayo de 1968. Y cuando los muros tomaron la palabra, el mundo de la intimidad, el principio del placer, el exabrupto, la crítica a los totalitarismos y la manera de imaginar el futuro, de concebir la ciudad y de petardear lo establecido, se dieron cita en ese espíritu que, no por casualidad, era un espíritu juvenil. Como el del adolescente Diego Felipe Becerra.
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