Óscar Collazos: La geopolítica del Nobel
Por: Óscar Collazos | 6:12 p.m. | 13 de Octubre del 2010
El Nobel a Vargas Llosa acaba de sacar de la baraja al autor de 'La muerte de Artemio Cruz'
Hubiera bastado la publicación de La fiesta del chivo (2000) para que la Academia Sueca hiciera hace diez años justicia y le diera el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. Es una novela concebida en grande, una disección del poder y de la tiranía, grande como La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981).
Ese año, el Nobel fue para el chino disidente Gao Xingjian. En el 2001, los suecos premiaron a V. S. Naipaul. Y, como si la literatura en lengua inglesa se estuviera trasladando del centro europeo a la periferia americana, once años atrás se había reconocido la excepcionalidad de uno de los mayores poetas vivos del Caribe: Derek Walcott. Un pequeño salto de Trinidad a Santa Lucía.
La repartición estratégica de cada año se hizo más difícil al final de la Guerra Fría. El Nobel debía mirar hacia la Europa del Este y lo hizo premiando a Imre Kertez y a Hertha Müller. Miró hacia el África ilustrada y tuvo que atender zonas culturales añadidas a la "nueva Europa", como Turquía, después de haber dado la bienvenida a Portugal. Mientras tanto, incurría, otra vez, en lamentables olvidos. Thomas Bernhard, por ejemplo.
América Latina empezó a verse en un segundo plano. Había estado en el centro de la literatura de medio siglo XX. Ya no era la literatura emergente y exótica en un continente socialmente convulsionado, sino una literatura contemporánea de las literaturas del mundo. No en vano, había tenido ya entre los premiados con el Nobel a Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz.
En el 2003, el Nobel rescató de su condición de escritor casi escondido al sudafricano J. M. Coetzee. ¿No era todavía el turno para otro latinoamericano? Se especuló que podría ser Carlos Fuentes. Pero, ¿por qué no pensar en Gonzalo Rojas, el inmenso poeta chileno?
Lo cierto es que el Nobel a Vargas Llosa acaba de sacar de la baraja al autor de La muerte de Artemio Cruz. Cerró, además, el capítulo latinoamericano de la novela del siglo XX.
Los criterios geopolíticos de la Academia Sueca, consistentes en repartir el premio por áreas y en coyunturas políticas especiales, habían aplazado sine die el Nobel al autor de Los cuadernos de don Rigoberto (1997).
No creo que en esta decisión contaran demasiado las ideas políticas de Vargas Llosa, como habían contado las de Borges en una época atravesada por la Guerra Fría.
La Academia Sueca debió de haber considerado que no sólo premiaba a un formidable renovador de la novela realista y al último de los latinoamericanos del boom, sino a un intelectual coherente en sus principios democráticos y en su talante liberal, en contravía de las utopías revolucionarias.
El premio a Octavio Paz envió una doble señal: reconoció a una de las obras mayores de la poesía y el pensamiento latinoamericanos del siglo XX, y le dio un lugar de privilegio al temple antitotalitario de un hombre que había creído en su juventud en el proyecto socialista.
El aplazamiento a veces irritante del premio a Vargas Llosa parecía una decisión geopolítica.
Este Nobel tiene muchas lecturas. Me quedo con tres: una, es el último reconocimiento al representante más joven de la tradición en lengua española que consolidaron los novelistas del boom latinoamericano; dos, es el premio a la mística del escritor, y tres, es la legitimación de un intelectual necesario, por lo controvertido, en el debate de las ideas y en el frágil equilibrio de nuestras democracias.
salypicante@gmail.com
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