La caída
Por: ÓSCAR COLLAZOS | 7:14 p.m. | 27 de Julio del 2011
Una brillante hoja de vida académica. Muchos colombianos de su generación hicieron carreras con altos méritos en prestigiosas universidades de Colombia y el exterior, donde descollaron por su inteligencia y quizá también por la tenacidad de un propósito individual.
Andrés Felipe Arias (Medellín, 1973) se distinguió entre otros jóvenes de su generación por su éxito temprano en el sector público. Cuando fue nombrado Ministro de Agricultura por el presidente Álvaro Uribe, tenía apenas 31 años. Desde entonces, mostró un inquebrantable sentido de la lealtad. Fue tanta la lealtad que, por un raro mecanismo de transferencia psicológica, empezó a parecerse a su modelo.
Se dice con bastante razón que, a cierta edad, uno quiere parecerse a la gente que admira. Es tanto el poder que ejerce la persona admirada sobre su admirador, que la comunión espiritual impregna ciertos rasgos exteriores. En el arte, se llama imitación. En la política, impostura.
Esta pubertad del carácter impide el paso hacia la madurez, que no es más que un conflicto creativo y diferenciador con lo que admiramos.
Arias disfrazaba su altanería egolátrica de franqueza. Tenía el convencimiento de estar haciendo hasta tal punto y sin margen de duda lo "correcto", que lo hecho y dicho por los demás era tenido por error o "conspiración". Esto no lo había aprendido en la Ucla ni en los Andes, sino en la política del gobierno que lo acogió como figura.
Públicamente, Arias exhibía una inalterable seguridad en el éxito. Lo demostró en el error monumental de Carimagua. El debate de la oposición le producía risa y altanería. Se lo veía siempre desdeñoso con sus opositores, pero seguro y risueño (hay fotos) entre la mayoría parlamentaria que le garantizaba la inmunidad sin advertirle nada sobre sus errores. Encontraban legal lo que hoy aparece revestido de ilegalidad. Lealtad o complicidad, no sé cómo llamarlo.
En la vida, una persona es lo que elige hacer y hace. En el poder, todo es más engañoso: cuenta tanto lo que le digan a uno con sinceridad como lo que le mientan por conveniencia. Arias quedó enredado en esta tela de araña, amarrado al mástil de una ficción, convencido de que las mayorías parlamentarias y el gobierno que lo exculpaban estaban en lo legal y moralmente correcto. Los otros, ese número de la revista Cambio que destapó el escándalo de AIS, estaban perversamente en el error.
El joven ministro no dudaba de sus actuaciones porque el primero en aplaudirlas era la persona a la que él más admiraba, motor de su vertiginoso éxito en la política. El presidente paternalista debía defenderlo porque, desde el 2004, Arias era la más prometedora de sus obras, el eslabón que prolongaría la cadena de una "doctrina" redactada por dos o tres rastaquouéres ideológicos.
Los aplausos del coro gubernamental y hasta la imagen farandulera de un monito "tumbalocas" -exitoso ejemplar de "la raza" antioqueña- contribuyeron a moldear esa nueva personalidad, distinta quizá de la del aplicado estudiante doctorado en la Ucla. Gracias a una inocultable ambición de poder, distinta quizá de la ambición de éxito profesional anterior al 2004, Arias empezó a creerse sus propias mentiras y a pensar que iba a ser presidente.
Se estaba haciendo hombre público a velocidad de vértigo y en circunstancias para muchos admirables y para unos pocos despreciables: la creencia de que, en la vida y en el ejercicio profesional, "todo vale" si hay un "fin superior". Por ejemplo: la seguridad democrática, la confianza inversionista, la cohesión social. No supo o no quiso darse cuenta de que, en los principios que le dieron el éxito, estaban también las razones legales y éticas de su caída.
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