De falsas acusaciones

De falsas acusaciones

En la columna de Claudia Morales lo que salta a la vista es el deseo de hablar, no de callar.

06 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

No toda acusación respecto a la comisión de un delito es cierta. Abundan las incriminaciones infundadas y las declaraciones arregladas de testigos falsos. Por ejemplo, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, las falsas acusaciones de violación sexual abundan.

En EE. UU., un estudio realizado por el sicólogo Eugene Kanin (Universidad de Purdue, 1994) concluyó que las acusaciones falsas alcanzan el 41 % de los casos. Y eso que solo se tuvieron en cuenta los eventos en que la misma denunciante reconoció la falsedad.

En un estudio del Departamento de Justicia de los EE.UU. (1996), los abogados Neufeld y Scheck, fundadores del Innocence Project, evidenciaron que “desde 1989, en cerca del 25 % de los casos de agresión sexual remitidos al FBI y en los que pudieron obtenerse resultados, el sospechoso quedó excluido por el examen de ADN”. Y resaltan que muchos fueron “condenados por los jurados, (pero) exonerados por la ciencia”.

Por su parte, la mayoría de investigadoras ‘feministas’ reconocen la existencia de las acusaciones falsas, muy pocas la niegan, aunque sostienen que su incidencia es tan solo del 2 %. Sin embargo, Wendy McElroy, académica del Independent Institute, dice que esa cifra no está soportada por ningún estudio y que “las acusaciones falsas no son raras. Son comunes”.

En la columna de Claudia Morales lo que salta a la vista es el deseo de hablar, no de callar; de incriminar, aun a costa de (¿re?) victimizarse, no de solidarizarse con otras víctimas; de armar un bochinche, no de defender un supuesto derecho al silencio, que muchos juristas cuestionan.

Hábilmente, ella evita mencionar el nombre propio del incriminado para no incurrir en la calumnia, pero urde pistas que a buen entendedor se hacen suficientes. Por eso, no es razonable aducir que el enigma se ha prestado a confusiones y a un aprovechamiento oportunista del asunto. No, la intención de hacer daño es evidente.

La cuestión es: ¿creer o no creer? Una acusación de este calibre exige evaluar muchos elementos para no caer en tópicos, pero es imposible pasar por alto cosas como el momento de la denuncia, en plena campaña electoral. Las encuestas confirman el favoritismo del Centro Democrático para ser mayoría en el Congreso y el ascenso de los precandidatos de la coalición, que sumados ponen al futuro candidato uribista en un tête à tête con quienes hoy lideran.

Además, resulta muy conveniente echar mano de un tema tan sensible en estos tiempos que se convirtió en escándalo mediático mundial (#MeToo), enterró a la Iglesia católica (por los casos de pederastia) y resultó siendo el único delito que casi nadie les quiere perdonar a las Farc. Nada más útil para atacar a un hombre tildado de camandulero y moralista, y quien, a su vez, incurrió en la ligereza de llamar “violador de menores” a uno de sus malquerientes. Con ello se lo pone de igual a igual con los violadores de las Farc y con depravados como Daniel Ortega, quien tiene múltiples acusaciones de violación, incluso de su propia hija.

Se necesitaron decenas de denuncias contra el productor Harvey Weinstein, el médico Larry Nassar o el comediante Bill Cosby para que perdieran su reputación. Con Uribe han trabajado decenas de mujeres que reconocen su delicadeza y caballerosidad. ¿Por qué sería digna de crédito tan sibilina acusación?

En fin. No hay que ser muy avezado para verle las costuras al infundio. Ella sabe que es su palabra contra la de él, y que mientras no lo mencione podrá lavarse las manos. Sin pruebas, esto no es más que una calumnia, una fake news. Una posverdad (mentira que apela a las emociones) que pretendía aniquilarlo moralmente. Solo que muy pocas almas pías compraron el libreto.

SAÚL HERNÁNDEZ BOLÍVAR

Columnistas

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