Tierra púrpura

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Mujica, notable del Componente Internacional de Verificación, llama a defender el acuerdo de paz.

14 de agosto 2017 , 02:18 a.m.

“Colombia, Colombia, su paz no es un documento firmado”, así empieza el último capítulo de ‘Consciencia Sur: el mundo según Pepe Mujica’, una videocolumna quincenal de la cadena alemana Deutsche Welle.

Pepe Mujica no necesita presentación: dirigente de la guerrilla tupamara en los años 1960, fue preso y torturado por la dictadura uruguaya durante trece años, de 1972 a 1985. Amnistiado en 1985, cofundó el Movimiento de Participación Popular y continuó su vida política hasta convertirse en el segundo presidente de izquierda en la historia de Uruguay (2010-2015).

Durante su mandato, entre otras cosas, Uruguay adoptó el matrimonio homosexual; promulgó la ley que despenaliza el aborto; regularizó el cultivo, el consumo y la comercialización de la marihuana y encomendó al Estado el control de su producción y distribución; concedió el asilo político a seis presos de la cárcel de Guantánamo. Uruguay se convirtió así en el país de más avanzada social en la región.

Por haber decidido vivir acorde a una visión heterodoxa del mundo, Mujica ha sido considerado un presidente “atípico”: durante su mandato continuó viviendo con su esposa, Lucía Topolansky, en una pequeña granja a las afueras de Montevideo, donde ambos se han dedicado al campo y al cultivo y venta de flores; como Jefe de Estado vivió con un salario mínimo, donó el 90 por ciento del mismo a algunas organizaciones de caridad y siguió andando en un Volkswagen escarabajo celeste de 1987. Hoy, a diferencia de muchos expresidentes, no cobra por sus conferencias.

“Asceta”, “austero”, “pobre”, “paupérrimo”, muchos adjetivos han sido usados para calificar sus prácticas anticonsumistas. De esta forma, Mujica ha introducido a su actividad política una filosofía de vida y una ética social poco comunes, actividad en la que hoy ser corrupto y deshonesto parece ser la condición sine qua non.

Sin embargo, muy pocos saben que Mujica y el expresidente de España, Felipe González, son los notables del Componente Internacional de Verificación del Acuerdo de Paz. Fueron designados el pasado 30 de marzo y su tarea es “realizar pronunciamientos e informes públicos en relación con los avances que se registren en la implementación de todos los acuerdos”.

Es en ese sentido que el contenido de la videocolumna cobra una mayor importancia. Mujica no es solamente otro solidario más con nuestra transición, es alguien realmente comprometido con la paz de Colombia. ¿De qué nos habla y a quién le habla el expresidente Mujica en el video? Nos habla a todos, pero especialmente a los que todavía se oponen al acuerdo.

Y les habla a ellos porque empieza por explicar el clásico tema de la paz con un movimiento guerrillero: la paz es mucho más que el silencio de los fusiles. Es un claro mensaje a quiénes no entienden el porqué de un acuerdo de paz de más de 300 páginas. La guerrilla colombiana, a pesar de sus particularidades que hicieron del conflicto colombiano un conflicto sui generis, no es ajena al auge de los movimientos guerrilleros surgidos durante la década del sesenta tras el triunfo de la Revolución cubana, y estos movimientos no se originaron por generación espontánea. Equivocados o no, arrepentidos o no, los exguerrilleros se nutren de acontecimientos políticos del “corto siglo XX”, de la que el mismo Mujica se nutrió.

Y agrega que entiende lo difícil que es este momento histórico pues además de las pérdidas materiales de la guerra, esta acabó afectando también nuestra subjetividad: nos hemos olvidado o simplemente no sabemos qué es vivir en paz. El conflicto afectó las relaciones interpersonales y el funcionamiento de un Estado, desdibujando sus prioridades. Por esto la guerra ha sido el trasfondo natural de la vida de muchas personas y, en algunos casos, su medio de subsistencia. Sobrevivieron gracias a la guerra, se lucraron con ella. Muy difícil así, construir una conciencia de paz, tal como la llama Mujica, y este es, según él, el reto que le espera a Colombia, pues sabemos que los cambios subjetivos son más lentos, tardan generaciones.

Todo lo anterior es lo que explica la oposición acérrima al acuerdo. Cuando la guerra acaba por normalizarse, ¿por qué desear un cambio? Decir que todos se beneficiarán de la paz no deja de ser una utopía, pues en términos concretos muchos se han beneficiado de la guerra. Porque, para lucrarse, han tenido que perpetuar actitudes deshumanizantes.

Además, la situación venezolana no ayuda. La manipulación grotesca de lo que pasa en el vecino país por colombianos que ignoran su propia historia es vergonzosa. Nos guiamos por apreciaciones que parecen eliminar de tajo todo un trasfondo político y social: lo simplifican todo con la expresión “castrochavismo”. Políticos que pontifican sobre la situación venezolana como si la conocieran de primera mano. Ciertamente esa no es una actitud solidaria. Así, la crisis venezolana será usada como caballito de batalla en las próximas elecciones, como si no bastara nuestra propia crisis.

Por último, Mujica, desde su condición de notable, pero también de exguerrillero y expresidente de un país que sufrió igualmente profundos cambios, nos llama a defender y apoyar el acuerdo de paz. Sin duda deberíamos hacer nuestras sus palabras finales: “Apoyar este proceso es parte de nuestro deber latinoamericano, autodeterminarnos, es un poco una hora de ser o no ser, por el porvenir de nuestra América”.

SARA TUFANO

Columnistas

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