Brasil: tierra en trance

Brasil: tierra en trance

La lucha contra la corrupción es una consigna vacua si no se remite al problema estructural.

07 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Últimamente se ha venido propagando un falso dilema: nos quieren hacer creer que la bandera de la lucha contra la corrupción es ajena a la paz y que la defensa de esta ya no sería tan decisiva en las próximas campañas electorales. Sin embargo, esta bandera (la de la corrupción), si no se remite al problema estructural, puede acabar reducida a una consigna vacua, usada para fines eminentemente políticos, como ha sucedido en el Brasil, país envuelto en una profunda crisis política y en el mayor escándalo de corrupción de toda su historia.

La democracia brasileña es extremadamente frágil, pues el legado de la dictadura acabó teniendo un sentido de permanencia: se habla de 1964 como el año que nunca terminó. En ese año, las Fuerzas Armadas derribaron al presidente João Goulart. Dada la dificultad de llevar a cabo reformas progresistas a través de pactos políticos, Goulart empezó a movilizar a la clase trabajadora, lo que le valdría el mote de comunista, que sumado a la supuesta corrupción política de su gobierno servirían de excusas para dar un golpe militar. Pero la dictadura terminó incentivando prácticas corruptas que con los años no han hecho sino profundizarse.

Los militares permanecieron en el poder durante 21 años. En 1992, el presidente Fernando Collor de Mello –quien había llegado al poder en 1989 a través de las primeras elecciones directas desde 1960– se vería enfrascado en un caso de corrupción denunciado por su hermano. Fue el primer mandatario de la región en ser sometido a un proceso de destitución.

Los brasileños han vuelto a salir a las calles a difundir la consigna ‘Afuera Temer’ y a pedir ‘Elecciones directas ya'

En el 2003 llegó al gobierno Luiz Inácio Lula da Silva. Que un obrero metalúrgico de un partido de izquierda, el Partido de los Trabajadores (PT), llegara a tomar las riendas de la octava economía mundial y de uno de los países más desiguales del mundo –desigualdades históricas heredadas por más de tres siglos de esclavitud– fue un hecho sin precedentes en la región. Las políticas de redistribución del PT consiguieron sacar a decenas de millones de brasileños de la pobreza.

Dos años después, en el 2005, Lula y su partido protagonizarían el ‘mensalão’ (gran mensualidad), el pago de una mensualidad a varios parlamentarios del Congreso Nacional para que votaran a favor de los proyectos de gobierno.

En el 2010 sería elegida Dilma Rousseff, una exguerrillera que había luchado contra la dictadura. Del mismo partido de Lula, pero menos popular que él, sería reelegida en el 2014. Un año después, en diciembre del 2015, se iniciaría el proceso de su destitución, técnicamente justificado por las llamadas ‘pedaladas fiscais’ (pedaleo presupuestal), es decir, por recurrir al préstamo de empresas públicas para financiar ciertos gastos y así diferir su registro en las cuentas públicas.

Durante la campaña a favor de la destitución, los medios brasileños difundieron la imagen de un pueblo que se levantaba contra la corrupción del partido de su presidenta. Muchos medios extranjeros, entre ellos ‘Le Monde Diplomatique’ en el artículo ‘Primavera engañosa en Brasil’, ponían el acento en la manipulación de esta bandera, que responsabilizaba únicamente a la izquierda, en cabeza del PT, de todos los hechos de corrupción. El cubrimiento de la crisis política que hizo la prensa extranjera mostró cuan tendenciosos son los medios brasileños.

Algunos creyeron que después de la destitución de la presidenta Dilma vendría una tregua política, pero la falta de legitimidad de su sucesor, el derechista Michel Temer, por su bajísima aprobación popular y por no haber sido elegido en las urnas, contribuyó más bien a atizar la crisis política.

A un año de la destitución de Dilma –considerada por algunos como un golpe de Estado institucional–, el presidente Temer se ha visto igualmente envuelto en episodios de corrupción. Los brasileños han vuelto a salir a las calles a difundir la consigna ‘Fora Temer’ (Afuera Temer) y a pedir nuevas elecciones: ‘Elecciones directas ya’.

Algunos analistas han mostrado cómo la actual cruzada anticorrupción en Brasil a raíz del escándalo de la operación Lava Jato (operación Lavadero de Autos), la cual inició en el 2014, ha creado un esquema de combate contra la corrupción que no deja de ser igual o más corrupto.

Vemos pues que la bandera de la lucha contra la corrupción acaba siendo movilizada con un contenido diverso dependiendo de quien la ondee. Por un lado, puede ser usada políticamente para culpabilizar a un determinado personaje o partido político en un contexto en donde los demás partidos actúan igual; por otro, puede ser usada para decir que todos son corruptos, ocultando el hecho de que unas personas o sectores se han beneficiado más de las prácticas de corrupción que otros, y, sobre todo, las han estimulado.

Ya el debate en el Brasil se dirige a señalar que las raíces de la corrupción y de la crisis política se encuentran en el sistema político y que es necesaria su renovación. Si bien en Brasil la corrupción es en parte producto de la dictadura y de una débil democracia, en Colombia ha sido la confrontación armada su mejor caldo de cultivo. Acá, su solución, entonces, va de la mano de la paz.

SARA TUFANO

Columnistas

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