Volando en el bosque húmedo

Volando en el bosque húmedo

Dije sí al canopying sin haber calculado las variables de mi edad, mi sobrepeso, mi estado físico.

21 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Cuando mis dos nietos, Miranda y Lorenzo, me invitaron a acompañarlos en una sesión de canopying en la reserva de bosque húmedo Veragua Rain Forest, a una hora de Puerto Limón, en la espléndida Costa Rica, dije que sí sin pensarlo dos veces. El canopying es una disciplina, un deporte que te transporta en el dosel de los árboles, colgado de un arnés en un cable de acero. En el caso de Veragua, son 11 los árboles que hospedan unas plataformas de 15 hasta 50 metros de altura y a distancia de 100 a 200 metros de recorrido.

Dije sí inmediatamente porque hacía algunos años había filmado una película titulada 'Los últimos paraísos'. Con los camarógrafos de 'Perro mundo', y en el estilo del docudrama inventado por los italianos, filmamos en los andes boyacenses un matrimonio de verdad verdad, todo coreografiado y puesto en escena sobre un cable de garrucha a bordo del cual llegaban, uno a uno, los invitados, los músicos con sus instrumentos, hasta el pastel y el curato; y, naturalmente, la novia con su vestido blanco y su velo ondeando al viento un pedazo de cine muy tierno contrapuesto a unas escenas de descuartizaciones de animales, de violencia tribal, clásicas de 'Perro mundo'.

Dije sí sin haber calculado las variables de mi edad, mi sobrepeso, mi estado físico. Y cuando empezaron a amarrarme un arnés entre las piernas y los hombros, y alrededor de mi barriga de 250 libras, comencé a darme cuenta del error que había cometido, pero era muy tarde para dañar la excitación de mis chiquillos de ver al abuelo tomándose fotos con todo el grupo de excursionistas, entre los cuales el más viejo tenía 30 años menos que yo.

Bueno: comenzó la aventura. En el primer tramo me sentí tan rápido y me dio miedo de estrellarme contra el fusto centenario de una ceiba gigante, así que accioné la mano guantada para frenar y no llegué a la plataforma. Tuve que voltearme, y a pura fuerza de brazos terminar el recorrido.

Naturalmente, no había mirado ni un momento abajo, preocupado solo de llegar a la plataforma, donde mis nietos me esperaban aplaudiendo, pero de allí en adelante aprendí a frenar poco y tuve tiempo de mirar hacia el espectáculo majestuoso del bosque húmedo visto desde arriba.

Bendito sea Dios.

SALVO BASILE

Columnistas

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