El arrecife de la paz

El arrecife de la paz

Entidades de Parques no tienen autoridad ni presupuesto para enfrentarse a problemas como la erosión

04 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Cuando con mis nietos Miranda y Lorenzo estábamos explorando las condiciones del arrecife norte de las islas del Rosario, en Cartagena de Indias, careteando nos dimos cuenta de que enfrente de la isla del Pirata, el boquete en la barrera coralina ya se había convertido en un ancho portón de entrada por donde pasan, sin obstáculos, todas las corrientes y las marejadas que causan erosión a lo largo del archipiélago.

El uso criminal de la dinamita, el saqueo indiscriminado de enteras colonias de coral pétreo para construir y para, dizque, proteger han convertido lo que era solo un peligro inminente en una inmediata realidad trágica; se ha documentado ampliamente la disminución progresiva de los corales y las playas.

Nuestras entidades de Parques no tienen autoridad ni el presupuesto para enfrentarse a problemas básicos como la erosión, y, además de la destrucción debida al embate de las olas, otro problema superior es la velocidad del acceso al parque nacional Corales del Rosario de las lanchas y yates turísticos, cuyos pilotos, la mayoría nativos, quién sabe si por falta de educación o de consideración o de autoridad, entran a toda velocidad en el parque y causan un oleaje anómalo, altamente erosionante.

Con la ayuda de Google buscamos, y encontramos que la práctica de crear arrecifes artificiales es común en el mundo. Aparte de los construidos con módulos de cemento, una costumbre global es la de utilizar barcos, tanques, vagones de trenes. En México y Baja California crearon unos arrecifes artificiales hundiendo más de 10 barcos viejos de la armada, que después de pocos años se han convertido en verdaderos arrecifes para el desarrollo de la fauna y flora submarina y el goce de una actividad turística privilegiada.

Aquí podríamos hacerlo con nuestra gloriosa marina, con la ayuda de la Armada Nacional, creando un arrecife con una de las tantas unidades que están para desguazar y otros equipos incautados.

En Filipinas y Tailandia fueron más allá y hundieron todos los viejos tanques y otras máquinas de guerra. Esta solución de los asiáticos se podría conseguir con nuestras Fuerzas Armadas, y pedirle a Naciones Unidas hundir las armas entregadas e incautadas para que, de instrumentos de muerte que fueron, se conviertan en creadoras de vida en un nuevo mundo submarino.

¡En santa paz!

SALVO BASILE

Columnistas

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