Cartagena, en la olla

Cartagena, en la olla

La ciudad histórica tiene que ser orgullo de todos, pero también compromiso de todos.

09 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

Cuando Teresita Román escribió el mítico libro de cocina 'Cartagena de Indias en la olla', no se imaginó que además de escribir un tratado icónico sobre la cocina cartagenera, que se volvió indispensable para todo matrimonio, estaba, como oráculo délfico, describiendo la situación tan deficitaria en la que se encuentra hundida nuestra Cartagena en la actualidad.

Teresita Román de Zurek es la abuela de nuestro joven alcalde encargado, o sacrificado diría yo, Sergio Londoño Zurek, al cual ya los críticos de turno están exigiéndole que en pocos meses saque a la ciudad de la olla más inmunda que se pueda resistir.

La organización Cartagena Cómo Vamos ha analizado, uno por uno, todos los problemas de la ciudad y todos vienen de atrás, de muy atrás. Son problemas endémicos años tras años de administraciones ineficientes y corruptas, concejales y representantes que han dejado crecer y multiplicar el desgreño, para el bien de pocos ladrones de cuello blanco, a costa de la clase media trabajadora y la población más desamparada.

El 79 por ciento de los cartageneros cree que la ciudad va por mal camino. Solo el 39 por ciento de los hogares optó por la educación pública.

La encuesta mide la percepción, el optimismo, el orgullo y el sentido de pertenencia, y los resultados son alarmantes: el 79 por ciento de los cartageneros cree que la ciudad va por mal camino. Solo el 39 por ciento de los hogares optó por la educación pública y, a causa del fenómeno de las pandillas, tan agudo, la deserción escolar se ha trepado: más de 15.000 muchachos no se han matriculado, el 40 por ciento piensa que el derecho a la salud no está garantizado, el 65 por ciento piensa que la ciudad está acorralada por los atracos, y más del 40 por ciento se siente inseguro en sus barrios. Aunque la tasa de homicidios ha mermado, se dispararon las muertes violentas por causa de accidentes, de riñas por intolerancia y violencia intrafamiliar.

Algo positivo lo marcó Transcaribe, por haberles ahorrado un tiempo de 26 minutos a los usuarios y marcar una velocidad de 25 kilómetros por hora. A todo esto hay que sumar el problema del edificio Aquarela –que deturpa la visual del castillo más bello de América–, los 16 edificios de la banda Quiroz, todos construidos con falsas licencias, y, dulcis in fundo, más de la mitad del concejo municipal que está en cola para aumentar el hacinamiento en la cárcel de Ternera.

Esta es la situación del Corralito de Piedra, la ciudad histórica, que tiene que ser orgullo de todos, pero también compromiso de todos. Desde la administración local hasta el Gobierno Nacional.

SALVO BASILE

Columnistas

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